Recobró su habitual insolencia, avergonzóse al pensar que había tenido miedo, se demostró a sí mismo que era una locura el creer en la posibilidad del triunfo de la revolución y que forzosamente había de salir siempre victorioso el Gobierno y, ansioso por gozar tan consolador espectáculo, se despidió de Lolita y salió a la calle.

Pensaba él que a su prestigio de hombre político convenía que le viesen en las calles cuando aún estaba reciente la lucha, pues esto sería motivo para que al día siguiente hablase la Prensa de él, pintándolo como un hombre de acción, que, aunque no estaba conforme con la marcha del Gobierno, sabía acudir al puesto de honor cuando estaban en peligro la Monarquía y el orden.

Las angustias y temblores que había experimentado en casa de su querida, eran detalles sin importancia, que quedarían en el tintero.

Discutiendo con los jefes de los destacamentos que ocupaban las calles, rogando a unos y dándose a conocer a otros, llegó hasta la Puerta del Sol, y tuvo buen cuidado en hacerse visible ante varios generales que estaban reunidos en el portal del Ministerio de la Gobernación, y a los cuales conocía, relatándoles proezas aisladas que él había llevado a cabo en varios puntos, y no teniendo el honor de que ninguno de ellos escuchase sus sandeces y mentiras.

La insurrección continuaba aún en el más apartado extremo de los barrios del Norte, y Quirós, entretenido en presenciar las disposiciones militares, y deseoso de que le vieran los generales y los altos políticos que continuamente llegaban al Ministerio de la Gobernación, permaneció en la Puerta del Sol hasta bien entrada la tarde.

Hasta entonces, la excitación producida por el espectáculo revolucionario y la magnífica cena de la madrugada anterior, le habían sostenido, no dejándole sentir necesidad alguna; pero a tal hora comenzó a experimentar desfallecimiento y deseó verse en su casa, en su lujoso comedor, y ante una mesa bien servida. Además, el cansancio producido por una moche en vela, aturdía a aquel hombre, a quien una obesidad cada vez más creciente había hecho egoísta, y que no podía permanecer tranquilo así que le faltaba alguna de sus habituales comodidades.

Sintió el deseo de verse cuanto antes en su casa, y únicamente le detuvo la idea de que su distrito era el último refugio de la insurrección, y que allí todavía estaban los revolucionarios dispuestos a resistir al Gobierno.

Pero tan vehemente era la ansiedad que sentía por verse en su domicilio, que casi estaba dispuesto a arrostrar los peligros que podía correr al atravesar la última zona de la insurrección.

Además, según los informes que le daban, los revolucionarios sólo ocupaban la plaza de Antón Martín, dejando libre la calle de Atocha, hasta el Prado, y él, bajando hasta la plaza de las Cortes y siguiendo la calle de San Agustín y la Costanilla de los Desamparados podía llegar casi al frente de su casa, sin tener que atravesar ninguna barricada.

Este plan, que acababa de aconsejarle un oficial de Estado Mayor, conocedor de la topografía de la insurrección, parecíale a Quirós muy acertado; pero todavía dudaba, pensando en la posibilidad de ser alcanzado por una bala perdida o de tropezar con algún aislado grupo de revolucionarios, que, reconociéndole, hiciesen con él una herejía.