Pronto le sacó de su incertidumbre el movimiento que se notó en la Puerta del Sol. Las tropas, que habían descansado ya de la refriega en el norte de la capital, se disponían a emprender la marcha hacia el sur, para batir los últimos baluartes de los insurrectos.

Según las noticias que llegaban, ya habían comenzado el fuego en dichos puntos, y los revolucionarios presentaban tal resistencia, que era muy posible que la lucha se formalizase de un modo terrible, prolongándose hasta la noche.

Quirós, que comenzaba a experimentar un creciente aturdimiento, sólo sabia pensar en la necesidad de llegar a su casa cuanto antes, y, sin darse cuenta exacta de lo que hacia, salió de la Puerta del Sol, siguiendo el itinerario que le había marcado su amigo, el oficial de Estado Mayor.

Mientras andaba instintivamente, pensaba en la conveniencia del acto audaz que realizaba, marchando hacia el punto donde estaba en pie la insurrección, y donde los hombres se exterminaban.

Pero... había que ser atrevido y llegar a casa antes que, avanzando todas las tropas sobre el sur de Madrid, cortasen las comunicaciones y se viera él obligado a pasar la noche al raso.

Cuando Quirós llegó a la calle de San Agustín sonaron las primeras descargas de la tropa, que atacaba la barricada de la plaza de Antón Martín, y se detuvo horrorizado al escuchar tan terrible estruendo.

Refugiado en el quicio de una puerta, como si temiese que hasta allí llegase el plomo del combate, permaneció Quirós todo el tiempo que duró la lucha, hasta que, por fin, al restablecerse el silencio, se decidió a salir de aquel escondite.

Ya no tenía duda alguna. Aquella calma demostraba que la insurrección había sido vencida, y que las fuerzas del Gobierno ocupaban victoriosas las posiciones del enemigo.

Bajó corriendo la Costanilla de los Desamparados y entró en la calle de Atocha.

¡Ah!... ¡Por fin! Allí estaba su casa, aquella casa tan deseada durante todo el día.