Pero la calma que reinaba en la calle le produjo inmenso pavor. No veía los rojos pantalones de la tropa, que eran garantía de seguridad para él, y, en cambio, ante sus recelosas miradas, aparecía la barricada en pie, y, sobre ella, dos hombres, en los que no se fijó, a causa de la precipitación pavorosa que le embargaba.

La convicción de que los insurrectos estaban aún triunfantes, a poca distancia de él, y que podían enviarle un balazo a guisa de saludo, dió fuerzas a sus temblorosas piernas para pasar rápidamente de una acera a otra, y agarrando el aldabón de su casa, dió furiosos golpes en la puerta.

¡Cuánto tardaban en abrir! ¡Y el terrible enemigo allí, a su vista, y pudendo hacer fuego sobre él, que estaba por completo al descubierto!

Esto aumentaba su miedo, y hacía que golpease con sus pies la puerta, al mismo tiempo que, mirando arriba, a los cerrados balcones, gritaba con angustia:

—¡Enriqueta!... ¡Abre, Enriqueta!...

Si Quirós hubiese sabido quiénes eran aquellos dos hombres que le miraban desde lo alto de la barricada, de seguro que el pavor le hubiese hecho caer al suelo. Alvarez y su criado le habían reconocido instantáneamente, y así ge lo dieron a entender con la mirada que cambiaron.

El capitán, a la vista de aquel cobarde enemigo, sintió que una oleada de furor invadía su cerebro, e inmediatamente fué a saltar desde lo alto de la barricada, para correr al encuentro de Quirós; pero en el mismo instante sus oídos se ensordecieron con una detonación que estalló junto a ellos, y sintió un ligero zumbido en el espacio, al mismo tiempo que veía pasar ante sus ojos una nubecilla de humo.

Perico acababa de disparar su fusil, y el diputado, dando un salto prodigioso, había caído de bruces sobre la acera.

Alvarez quedó estupefacto ante aquel suceso.

Después miró a su asistente, con aire de reconvención, y vió que Perico, con una calma feroz, volvía a cargar su fusil.