Quirós estaba de pie junto a la mesa.

—Señor inspector—dijo—; antes de que mañana se ordene a ustedes nuestra captura, venimos a presentarnos espontáneamente.

El funcionario hizo un gesto de extrañeza, no pudiendo comprender por qué clase de delitos serían perseguidos una joven tan hermosa y de porte distinguido, y un muchacho tan elegante.

—Nos presentamos voluntariamente—continuó Quirós—, arrepentidos de una falta que no tiene remedio. Yo me llamo don Joaquín Quirós y pertenezco al ministerio de Estado; mi nombre es bien conocido en la alta sociedad de Madrid. Esta señorita es la hija del conde de Baselga, que anoche huyó conmigo de su casa, cediendo voluntariamente a mis excitaciones.

El inspector miró a su amigo con malicioso guiño, y después paseó su mirada de Quirós a la joven, y viceversa.

Dábale ganas de reir aquella presentación; pero logró conservar su serenidad, y se limitó a decir:

—Eran ustedes novios, ¿eh?

—Sí, señor—contestó Quirós con aplomo—, nos amamos hace ya mucho tiempo.

Enriqueta dirigió su vaga mirada al amigo de su hermana; pero éste permanecía impasible. La joven, aunque sumida en aquel anonadamiento doloroso, que apenas si la dejaba discurrir, creyó comprender el significado de tan extrañas afirmaciones. Aquello era para salvar a su idolatrado Esteban. Ella no comprendía la razón de tales embustes; pero recordaba el sacrificio de asentir a todo, que poco antes le había recomendado Quirós, y al mismo tiempo, sentía profundo agradecimiento por el interés que éste se había tomado en salvar a su amante.

—Y usted, señorita—dijo el inspector—, ¿qué dice a esto? ¿Reconoce como verdad cuanto declara este caballero?