Hizo Enriqueta una señal afirmativa con la cabeza, y contestó con voz casi imperceptible:

—Sí, señor.

El funcionario reflexionó algunos instantes, y al fin dijo a los dos:

—Muy bien. Ahora mismo enviaré a por un coche y los conduciré a ustedes al Gobierno civil.

Creyó el inspector notar una expresión de terror en el rostro de Enriqueta, y por esto añadió con benevolencia:

—No hay por qué asustarse. Usted, señorita, desde el Gobierno civil será conducida a su casa, y en cuanto a este caballero, quedará arrestado, aunque creo no será por muchas horas. Estas cosas se arreglan siempre en familia. Un pequeño escándalo, y nada más.

Y después, volviéndose a su barbudo amigo, y como si no estuvieran presentes los dos jóvenes, añadió en voz baja:

—Lo mismo que en las comedias, chico. Estos lances acaban siempre en casamiento. Es el único arreglo posible.

XXXI

Maestro y discípulo.