Cuando el criado del padre Claudio entró en el despacho de éste, anunciándole la visita de don Joaquín Quirós, el poderoso jesuíta, a pesar del gran dominio que tenía siempre sobre sus impresiones, no pudo evitar un gesto de sorpresa e indignación.
—¡Cómo!—exclamó—. ¿Ese canalla se atreve aún a venir aquí? Es más cínico de lo que yo creía.
Y después de reflexionar largo rato, dió orden al criado para que dejase pasar al visitante, y volviéndose a su secretario, que seguía escribiendo como si no hubiese oído a su superior, díjole así:
—Antonio, márchate. Conviene que hable a solas con ese ingrato pillete. Tal vez sin testigos se espontanee y sepamos nosotros cuáles son sus verdaderas intenciones, que tanto nos preocupan.
El padre Antonio obedeció, como un autómata; dejó de escribir, sin terminar la palabra que estaba apuntando, hizo una reverencia, y grave, estirado y con acompasado andar, salió por una puertecilla que estaba en el fondo del despacho.
Entró Quirós, tranquilo, sonriente y con una expresión de alegría en el rostro, como si fuera a comunicar a su poderoso amigo la más grata de las noticias.
Eran las cuatro de la tarde, y el joven, que había estado detenido en el Gobierno civil hasta bien entrada la mañana, acababa de levantarse de la cama, después de resarcirse con algunas horas de sueño de aquella noche de aventuras.
—Pase usted, granuja, pase usted—dijo el padre Claudio al verle, aunque en su rostro no se notó ninguna señal de ira—. Se necesita desvergüenza para venir aquí, después de lo ocurrido.
Quirós aguardaba un recibimiento todavía peor, y por esto no se inmutó gran cosa al oír estas palabras.
Adoptó una actitud encogida; la sonrisa de su rostro fué reemplazada por una expresión de arrepentimiento, y con voz compungida dijo al jesuíta: