—Padre Claudio, vengo arrepentido, a solicitar su perdón.

—¡Mi perdón! ¡Buena es esa!... A un pillo como usted no se le perdona, pues resulta indudable que, perdonado o no, volverá a hacer otra mala jugada así que se le presente ocasión. Nos conocemos, Quirós, nos conocemos muy bien. ¡Qué!... ¿Y cómo fué el rapto?—continuó, con expresión sarcástica—. ¿Desde cuándo era usted novio de Enriqueta? ¿Cómo se las arregló usted para estar al mismo tiempo en casa de la baronesa y en el sitio donde se hallaba Enriqueta? ¡Ah, farsante indigno! ¡Canalla redomado!

Y el padre Claudio, sin cuidarse ya de disimular sus impresiones, miraba al joven con la expresión de un caníbal que siente deseos de devorar al enemigo, y le lanzaba con voz entrecortada las mayores injurias.

Quirós sonreía cínicamente.

—¡Muy bien! Así lo quiero ver a usted, reverendo padre. Tenía deseos de contemplarlo alguna vez enfadado y sin esa sonrisita que crispa los nervios. Me recreo en mi obra de anoche, viendo la indignación que ha producido en usted. ¿Qué tal ha sido el golpecito? ¡Eh! ¿Le parece a usted bueno? Vuestra paternidad debe estar orgulloso de mi hazaña. Las glorias del discípulo honran al maestro, y yo todo cuanto hago en estos casos lo he aprendido de usted.

El padre Claudio se incorporó en su asiento, iracundo y amenazador al oír tales palabras; pero volvió a su primitiva posición, murmurando:

—¡Miserable!

—Comprendo su enfado, reverendo padre—continuó Quirós, siempre en el mismo tono irónico—. Soy un pedante insufrible al querer compararme con usted, que es mi maestro. Mis actos nada valen comparados con los de vuestra reverencia. ¿Querrá creer vuestra paternidad que anoche me sentí poseído de santa admiración cuando supe la muerte de Baselga? ¡Vaya un modo limpio de librarse de los enemigos! La mitad de esa sublime astucia quisiera yo tener para apoderarme de los millones apetecidos. Mi negocio de anoche nada vale comparado con ese trabajo lento, pero seguro, de vuestra paternidad, para quitar de en medio al conde de Baselga.

El padre Claudio saltó de su sillón. Aquella hermosura serena y aliñada que ostentaba en todas partes, había desaparecido; y estaba horrible ahora, con sus ojos centelleantes, sus labios, que titilaban a impulsos de la ira, y su palidez verdosa, que se transparentaba a través del colorete de las mejillas.

Con las manos crispadas, y rugiendo, fué a caer sobre Quirós; pero éste, que estaba preparado para todo, había retrocedido dos pasos, introduciendo su diestra en el bolsillo del pantalón, con ademán poco tranquilizador.