—¡Está usted muy bien, Joaquinito! Después de ingrato e insolente, ahora chistoso. Es usted un hombre como hay pocos.

—Ríase usted cuanto quiera; esto no evitará que yo salga con la mía. He tomado bien mis precauciones; el escándalo no puede ser mayor, y Enriqueta, o tendrá que ser mi esposa, o sufrirá el peso de una deshonra por todos conocida. Juntos hemos estado en el Gobierno civil hasta esta mañana, como dos amantes fugados de la casa paterna; los periódicos comentarán pronto el suceso, en la alta sociedad no se habla de otra cosa que de tal rapto, y tan conocida es la noticia, que ha quitado ya toda novedad e importancia al suicidio del conde de Baselga. La fuga de Enriqueta Baselga con Joaquinito Quirós pasa hoy como artículo de fe entre la gente del gran mundo, y todos hablan ya de la necesidad de una boda, para poner a salvo el honor de una familia respetable. A ver, padre Claudio, si usted con todo su inmenso poderío, logra desvanecer esta creencia, que hoy está arraigada en la opinión pública. Supe bien lo que me hacía al presentarme a la autoridad, acompañado de la joven en cuestión. O el matrimonio conmigo, o el deshonor. Me parece que el asunto no puede ser más sencillo.

El jesuíta oyó estas palabras con aparente impasibilidad, pero al terminar Quirós, le dijo con desprecio:

—Joaquinito, es usted un canalla.

—Digno discípulo de mi querido maestro, reverendo padre.

—El negocio no es tan sencillo y de éxito seguro como usted cree. La baronesa dirá que no era usted el novio de Enriqueta, sino el capitán Alvarez.

—Nadie lo creerá.

—Ella probará cómo usted, después de la fuga de Enriqueta, estuvo en su casa, sin saber nada de lo ocurrido.

—¿Y qué?... Yo diré que la tal visita fué una estratagema para saber lo que la baronesa pensaba, después de haber verificado yo el rapto.

—Haremos saber que el amante de Enriqueta era el capitán Alvarez.