—Y nadie lo creerá, porque resulta inverosímil atribuir a Enriqueta relaciones amorosas con un militar pobre y desconocido de la alta sociedad, y que, además, está fugitivo por revolucionario. Lo más lógico es creer que tales relaciones las sostenía conmigo, que he bailado con ella en los salones y soy asiduo visitante de su casa. Además, no hay que perder de vista que yo fuí quien me presenté con ella en la oficina de la policía, declarando ser su raptor.
—Todas esas suposiciones están muy bien, pero falta lo principal, o sea que Enriqueta afirme que era usted su novio. Tenga usted la seguridad que ella, así que se reponga de sus emociones de anoche, dirá la verdad.
—Me tiene sin cuidado, reverendo padre. Al presentarse a la autoridad, lo mismo en la comisaría de policía que en el Gobierno civil, ella asintió a todas mis palabras, declarando que voluntariamente había huido de su casa conmigo. La primera declaración es la que más vale, por ser espontánea y natural, y si después Enriqueta dice eso que usted llama la verdad, el mundo se encargará de no creerla y de decir que sus palabras se las dictan usted o la baronesa. ¿Qué más obstáculos puede usted presentarme, padre Claudio?
Y el perillán sonreía irónicamente, complaciéndose en la confusión que su triunfo causaba en el poderoso jesuíta.
Este se convencía cada vez más de la ventaja que le llevaba Quirós. ¡Buen discípulo había sacado! ¡Podía estar orgulloso de él!
—Oiga usted, Joaquinito, ¿y no teme usted la venganza de ese militar a quien ha robado la dama?
—¡Bah! A estas horas debe hallarse ya muy lejos de aquí, y no es fácil que vuelva para darse el gusto de que la policía lo prenda y el Gobierno lo fusile. Además, si nuestro hombre tuviera algún día ocasión de vengarse, no estaría usted tampoco muy seguro, pues alguien se encargaría de decirle que quien le había delatado al Gobierno, causando su perdición, era el reverendo padre Claudio, de la Compañía de Jesús.
—¿Y no me teme usted a mí?—dijo el jesuíta sonriendo ferozmente.
—A usted le temo más que al capitán, pero estoy a cubierto de todas sus asechanzas. No conspiro, y, por tanto, no puede usted buscar otro “perdis”, como yo, para que me delate al ministro de la Gobernación.
—Tengo otros procedimientos para vengarme—dijo el padre Claudio, con expresión poco tranquilizadora.