Reinó un largo silencio. Enriqueta estaba con la vista fija en el suelo, como avergonzada de su atrevimiento al llegar hasta allí, y el capitán la contemplaba con ansia. Después de una ausencia para él tan larga, sus ojos tenían hambre de contemplar al ser querido.
Estaba hermosa como siempre, pero la expresión dolorosa impresa en su semblante y las huellas que en éste había dejado el llanto, daban a su belleza tan esplendorosa un tinte ideal.
Los dos amantes permanecieron silenciosos. Enriqueta estaba avergonzada al verse en presencia del hombre amado, y el recuerdo de su injusto y cruel rompimiento la martirizaba ahora. El capitán se hallaba tan emocionado por aquella situación inesperada, que no sabía qué decir y parecía abstraído en la contemplación de Enriqueta.
Esta fué la que por fin rompió aquella situación embarazosa, levantándose del sillón y dirigiéndose a la puerta.
—Me voy—dijo con tímida voz.
Aquello hizo que el capitán recobrara la serenidad.
—¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Dónde vas, Enriqueta?
Y avanzó hacia la joven, cogiendo con suavidad una de sus manos.
—Me voy, sí—continuó diciendo Enriqueta—. Veo que te molesto y que mi presencia te es embarazosa. Tal vez me hayas olvidado. Haces bien; ¡fuí tan vil contigo cuando te escribí por última vez!...
Y la joven, llevándose una mano a los ojos, pugnaba por desasir la otra, que cada vez oprimía más cariñosamente el capitán.