—No, ángel mío, no te irás—decía éste—. Después de tanto tiempo sin verte, ¿crees que voy a dejarte marchar hoy que apareces aquí como llovida del cielo? Vamos, reina mía, sé razonable, siéntate otra vez, permanece tranquila. ¿Es posible que yo te olvide? ¡Si supieras cuánto he pensado en ti!...

Y Esteban, turbado por la dulce emoción, sin saber apenas lo que decía, y dejando escapar palabras sin ilación, pero que respiraban profundo cariño, tiraba dulcemente de la mano de Enriqueta, conduciéndola al sillón en que la joven volvió a sentarse.

El capitán colocóse junto a ella, y estrechando sus manos entre las suyas, sintióse como embriagado por la mirada triste de la joven.

Otra vez no sabía qué decir; pero de pronto se le ocurrió pensar en lo extraña que era la aparición de Enriqueta, y se fijó en su semblante de aflicción.

—¿Pero qué te sucede, ángel mío? ¿Cómo es que has venido aquí? ¿Qué misterioso encanto es éste? Dí, ¿qué te ocurre? Yo soy tu amante, tu esclavo; dí lo que quieres, para qué me necesitas, e inmediatamente te obedeceré.

Alvarez sentía un entusiasmo sin límites. Aquella inesperada aparición tenía mucho de novelesco, y él, creyendo adivinar una aventura prodigiosa, se sentía capaz de los mayores esfuerzos y adoptaba un tono caballeresco. Todo lo había olvidado: las órdenes del general, la conspiración y la tarea que todavía le quedaba por hacer.

Enriqueta, al escuchar aquel ofrecimiento ingenuo, lanzó una dulce mirada de agradecimiento a su amante, y murmuró:

—¡Cuán bueno eres, Esteban!

—Pero dí, ¿qué te sucede?

Aquella pregunta sacó a la joven de la felicidad que sentía entregándose a la contemplación de su amado, y la arrojó en la horrible realidad. Una densa palidez veló su rostro, y, sollozando, dijo al capitán: