—Está bien. ¡Basta ya de insultos! Nos batiremos como a usted le parezca mejor. Estoy a sus órdenes esta noche.

—¿Punto y hora?

—Si le parece a usted, podríamos reunimos a las nueve de esta noche, frente a las Caballerizas reales. De allí podemos dirigirnos a la Casa de Campo, y junto a sus tapias podremos cambiar algunos tiros, sin temor a que nadie nos estorbe.

—Conforme. Ahora sólo falta que usted me prometa no olvidar ese compromiso que ahora contrae.

—¡Caballero! ¿Cree usted que yo falto en asuntos de honor?

—Yo tengo derecho a esperarlo todo del hombre que me delató, ¡Júreme usted no faltar esta noche a la cita!

—Lo juro—dijo Quirós, que deseaba cuanto antes terminar aquella conversación, aunque para ello tuviera que aceptar las mayores humillaciones.

—Está bien. Por su interés le advierto que si usted falta a su juramento, no será ésta la última vez que nos veremos, y entonces seré más exigente. Buenos días.

Apenas Alvarez volvió la espalda, Quirós se apresuró a alejarse.

El diputado ultramontano estaba aún agitado por aquella débil indignación que le habían producido los insultos de Esteban Alvarez; pero, conforme se iba alejando, se desvanecía la animación que le había sostenido momentos antes, y al llegar a la calle de Carretas. Quirós ya comenzaba a estremecerse, pensando en lo prometido.