El esposo de Enriqueta aterrábase al imaginarse la posibilidad de que aquella misma noche, en la obscuridad, y junto a una tapia solitaria, se viera, revólver en mano, frente a Alvarez, que tenía para él la supremacía del hombre honrado sobre el canalla.

El miedo le aturdía de tal modo, que le hacía discurrir torpemente.

El no se batiría de aquel modo tan brutal y desprovisto de probabilidades de arreglo, aunque una legión de hombres como Alvarez le pateasen las costillas en medio de la calle.

Ante el mundo tenía él, para poner a salvo su honor, el pretexto de que un personaje de su importancia no podía batirse con un revoltoso, sentenciado a muerte. Esto encubría perfectamente su cobardía, y aun añadiría a su persona una gran dosis de dignidad.

Pero apenas aceptaba la consoladora solución de no acudir a la terrible cita, conmovíase pensando que al día siguiente, al salir de su casa, volvería a encontrar a aquel enemigo, más amenazante e inflexible que nunca.

¡Dios santo! ¿Qué iba a hacer? ¿Qué resolución sería la más acertada?

¡Ah!... Ya lo tenía pensado. Iría inmediatamente a consultar con el padre Claudio, que estaba tan interesado como él en librarse de Alvarez, y entre los dos encontrarían el medio más adecuado de suprimir a tan tenaz e iracundo enemigo.

VI

En demanda de auxilio

El padre Claudio estaba aquel día dado a todos los diablos, según se decía Quirós al salir de su despacho.