Apenas el diputado cambió con él las primeras palabras, conoció que algún asunto de gran importancia, y no muy grato, preocupaba al poderoso jesuíta, hasta el punto de hacerle olvidar aquel disimulo sonriente, que era en él característico.
El padre Claudio, contra su costumbre, se mostraba brusco y malhumorado, y tal era su distracción, que se le habían de repetir muchas veces las mismas palabras para que llegase a fijarse en ellas.
Nunca había visto Quirós en tal estado al reverendo padre, y no podía comprender que existiesen en el mundo asuntos suficientemente graves para turbar de tal modo a aquel genio de la intriga, carácter férreo, creado para salir invencible de las más difíciles luchas.
Sin embargo, aquel disgusto que experimentaba el poderoso jesuíta, no podía ser más justificado.
Seguía dirigiendo los asuntos de la Orden en España; era poderoso en el real Palacio, y ninguno de sus subordinados oponía la menor resistencia a su despótica autoridad; pero, a pesar de esto, el padre Claudio mostraba cierto azoramiento, y miraba a todas partes con aire de alarma, presintiendo que en aquella atmósfera de tranquilidad y sumisión que le rodeaba, existía algo hostil y amenazante, que no tardaría en condensarse sobre su cabeza, como una nube tempestuosa.
Su fino oído creía percibir los sordos golpes de ocultos zapadores, que lentamente iban minando su poder, para, en un momento dado, hacer que le faltase tierra bajo los pies, y hábil para adivinar de dónde procedía el peligro, así como enterado perfectamente de los procedimientos y costumbres de la Orden, miraba a Roma, cerebro y centro directivo del jesuitismo universal.
Allí estaba el peligro, al lado del general de la Compañía, y apenas se convencía una vez más de que en Roma dirigía aquellos subterráneos trabajos contra su autoridad, estremecíase de miedo, con la certeza de que su ruina era segura, teniendo enfrente tan poderosos enemigos.
El padre Claudio repasaba toda su vida, deseoso de encontrar el motivo que concitaba contra él las superiores iras.
El era en la Orden el personaje más apreciado por los valiosos trabajos que había llevado a cabo, y recordaba el recibimiento afectuoso con que siempre había sido acogido en sus viajes a Roma, para conferenciar con el general.
¿Por qué, pues, aquella guerra sorda e inexorable que le hacían desde la capital del mundo católico? ¿Conocería acaso el general sus gigantescas ambiciones y sabría ya los trabajos llevados a cabo por él para acelerar su muerte y sucederle en la dirección de la Compañía?