—Reverendo padre—dijo el diputado con precipitación—, ya tenemos aquí otra vez a ése.

—¡Ah!—contestó el jesuíta con displicencia—. ¿Y quién es ése?

—¿Quién ha de ser? Esteban Alvarez, ese descamisado, enemigo de Dios y de los reyes, que se encuentra en Madrid, sin temor a la sentencia terrible que pesa sobre él.

Quirós esperaba que aquella noticia produciría honda sensación en el padre Claudio, y por esto su sorpresa fué grande cuando vió que la recibía sin pestañear y con una desesperante frialdad.

—Bueno, pues que esté en Madrid cuanto guste—dijo el jesuíta con acento despreciativo—. Poco me importa su suerte, y, además, bastante le ha castigado Dios convirtiéndolo en fugitivo sentenciado a muerte, para que nosotros volvamos a ocuparnos de él.

La llegada del padre Tomás era lo que preocupaba al jesuíta, y pensando en sus asuntos íntimos, todo lo demás le tenía sin cuidado.

—¡Pero qué tranquilo está usted, reverendo padre! ¡Parece mentira que conserve esa flema! ¿No recuerda usted lo terrible que es el tal personaje, y el interés que usted tenía en otro tiempo en anularlo para siempre?

—Sí, sí; lo recuerdo—contestó el jesuíta bastante distraído—; pero ahora me tiene sin cuidado la tal persona. Vaya, Joaquinito, deje usted en paz a ese infeliz, y pasemos a hablar de otra cosa, si es que usted quiere algo de mí.

—¡Pero, reverendo padre! ¡Dejar en paz a ese demagogo! ¡A ese energúmeno! Yo bien lo dejaría tranquilo, pero sería con tal que él no se acordase de mí. Mas lo terrible es que él, a pesar de estar caído, nos busca camorra, y dice que no ha de descansar hasta que consiga vengarse de los que le han conducido a tan triste situación. ¡Si usted supiera lo que acaba de sucederme! Lo encontré en la misma calle de Atocha, me abordó..., y aquello fué escandaloso.

Y Quirós comenzó a relatar con lenguaje animado a su poderoso protector todo lo ocurrido, cuidando de disimular el miedo que sintió al hablar con Alvarez, y adornando con algunas mentiras su relación, con el objeto de hacer creer al jesuíta en un valor que había estado muy lejos de demostrar.