El padre Claudio, al oír a Quirós, se había interesado algo, desapareciendo en él la anterior distracción.
—En resumen—dijo, cuando el diputado cesó de hablar—, que Alvarez desea vengarse de las perrerías que usted hizo para casarse con Enriqueta, y que le esperará esta noche con la intención de meterle una bala en el cráneo.
—Eso es. ¿Qué le parece a usted que debo hacer?
—Asistir a la cita—contestó el padre Claudio con cierta sorna—. Es lo propio en un caballero.
—Pero, padre Claudio: ¿cree usted que así puedo yo exponer mi vida, ni más ni menos que porque se le ocurra matarme a un demagogo, furioso por ciertos actos que ya no tienen remedio? Cualquiera, al oírle hablar a usted de ese modo, creería que tiene ganas de librarse de mí, y que aprovecha la ocasión.
Quirós había adivinado el pensamiento del padre Claudio, y éste que, preocupado por sus asuntos dentro de la Orden, olvidaba el disimulo, contestó con brutalidad:
—Tal vez acierta usted.
—Sí, ¿eh?—exclamó el diputado, indignado por aquella ruda franqueza—. Pues en justa reciprocidad, también se me puede ocurrir el librarme de un protector tan enojoso como lo es vuestra paternidad en ciertas ocasiones, y, para ello, tal vez no tenga más que decir a ese energúmeno toda la verdad, o sea que, si yo lo delaté al Gobierno, fué por mandato del reverendo padre Claudio, de la Compañía de Jesús.
El jesuíta no se inmutó, limitándose a contestar con desprecio:
—¡Bah! Estoy yo demasiado alto para que llegue hasta mí la mano vengativa de ese sujeto.