—No hay enemigo pequeño. Más altos que vuestra paternidad están los reyes, y, sin embargo, muchas veces ha llegado hasta ellos la bala de una pistola.

El padre Claudio volvió a hacer un gesto de desprecio.

—No sea usted tan altivo y confiado—continuó Quirós—. Yo sé bien lo ocurrido entre usted y Alvarez, y tengo el convencimiento de que el hombre que en medio de la plaza de Oriente estuvo a punto de abofetearle, no vacilará en tratarlo de un modo más terrible así que se convenza de que a usted debe todas sus desgracias y de que yo sólo he sido un ejecutor de todos sus mandatos. Si a usted le parece bien, haremos la prueba, revelando yo al tal Alvarez la participación que usted tuvo en todo cuanto le ocurrió.

El padre Claudio permaneció en apariencia inmutable; pero Quirós comprendió que sus palabras le habían producido alguna mella, cuando, poco después, le oyó expresarse de este modo, con acento fingidamente burlón:

—¡Pero qué farsante es usted! ¡Cómo exagera las cosas cuando se cree en peligro y ve en estado crítico la integridad de su persona! ¡A qué hablar tanto! ¿Tiene usted miedo a Alvarez? ¿Quiere usted no verse frente a él pistola en mano? Conforme; por ahí debía haber empezado. Teme usted a ese enemigo y viene a buscar una ayuda, que yo no le puedo negar.

Quirós, conociendo que el jesuíta, por la solidaridad que entre ambos existía, estaba dispuesto a ayudarle, y seguro ya de su valioso apoyo, intentó echarlas de valiente, protestando contra aquella opinión de cobardía en que le tenía el padre Claudio; pero éste le impidió seguir adelante, diciéndole con la misma brusquedad de antes:

—Tonterías aparte, amigo Quirós: tiene usted miedo, y no es necesario que se extreme en demostrarme lo que no es verdad. Por eso mismo que lo veo tan apocado, me decido a prestarle mi auxilio.

—Es que usted también está interesado en librarse de ese hombre.

El padre Claudio sonrió con expresión tan cínica como feroz.

—¡Bah! Si yo no vistiera esta sotana y fuese lo que usted es, ya sabría librarme por mi propia mano de un hombre que me estorbara, sin necesidad de implorar la ayuda de nadie.