Y al hablar así, había tal expresión en el rostro del jesuíta, que se adivinaba cómo, a pesar de sus años, era capaz aquel perfumado bandido de cometer los más horripilantes actos sin el menor remordimiento.
Quirós, que una vez más comprendía la superioridad de aquel hombre, nacido para el mal, se abstuvo de reclamaciones y fingimientos.
—Tranquilícese usted—continuó el jesuíta—, que yo le libraré esta misma noche de ese enemigo que le ha salido. Además, prestaremos un gran servicio al Gobierno y a la causa del orden. La aparición de ese hombre en Madrid, nada bueno indica.
—Eso mismo he pensado yo. Alvarez debe haber entrado en España para hacer algún trabajo revolucionario.
—El general Prim, después del levantamiento fracasado que le obligó a refugiarse en Portugal, conspira desde París con los militares emigrados, y nos prepara otra insurrección. El Gobierno está sobre la pista, y, prendiendo a un agente revolucionario tan acreditado como Alvarez, tal vez se descubra todo el plan.
—Haga usted, pues, que lo prendan, padre Claudio, y así me evitaré yo otro abordaje como el de hoy.
—Pero, ¿dónde está, criatura? ¿Dónde está ese hombre, para que la Policía pudiera echarle el guante? Usted no sabe dónde se oculta, y hay que aprovechar la cita de esta noche para prenderle. Yo creo conocer su carácter, y tengo la seguridad de que no dejará de acudir al punto citado y a la misma hora fijada por usted.
—¿Qué es, pues, lo que usted me aconseja que haga?
—Usted debe estar esta noche frente a las Caballerizas Reales a la hora indicada, y allí aguardar la llegada de Alvarez. Sin mostrar miedo alguno le recibirá usted, diciendo que está dispuesto a ir junto a las tapias de la Casa de Campo, y, ¡no tema usted!, pues antes de emprender la marcha, ya caerá sobre él la Policía, que estará oculta en las inmediaciones. Yo me encargo de que el gobernador envíe allí esta noche los más listos de sus agentes.
A Quirós no le agradaba la combinación.