El odio más feroz, la rabia más inmensa, asomábanse como una extraña luz a aquellos ojos que comenzaba ya a empañar la muerte.
El padre Tomás sentía deseos de acabar, mas para recobrar su serenidad, dijo con su habitual audacia:
—¿Cómo se siente usted, reverendo padre? Animo, que esto no es nada.
El padre Claudio se asombró oyendo aquellas cínicas palabras y en el primer instante intentó protestar.
—¡Ca... na... llas!...—balbuceó con dificultad.
Y como desesperado por la torpeza de su lengua y la audacia de sus enemigos, hizo un esfuerzo supremo y girando sobre un costado, volvió el rostro a la pared.
No quería ver a sus asesinos y en señal de odio y de desprecio, les volvía las espaldas.
El padre Tomás no se desconcertó. Convenía seguir el acto antes de que se apercibieran los que estaban arrodillados fuera de la celda, y sacando del copón una hostia, la elevó a la altura de sus ojos y comenzó a murmurar la fórmula:
—Ecce agnus Dei, ecce qui tollis peccata mundi, etc.
El padre Claudio seguía presentando las espaldas y con el rostro vuelto a la pared, sin hacer caso de las palabras del sacerdote, que anunciaban la administración del Viático.