El padre Antonio estaba consternado.
—¿Qué hacemos, reverendo padre?—preguntó al padre Tomás.
—Haga usted que vuelva el rostro el enfermo.
El secretario, empujando dulcemente a su antiguo superior, intentó hacerle cambiar de posición.
El enfermo contestó con un rugido.
—Dejadme tranquilo... ¿Queréis envenenarme otra vez?
El padre Tomás palideció al escuchar estas palabras.
—Es preciso que el enfermo comulgue—dijo con energía—. El padre Claudio ha perdido seguramente la razón. A ver: vuélvanlo ustedes, aunque sea a la fuerza.
El secretario y el atlético padre Felipe se abalanzaron entonces sobre la cama y con grandes esfuerzos consiguieron cambiar de posición aquella masa de carne, que aunque inerte e incapaz de resistencia, pesaba mucho por su volumen grasoso.
El padre Claudio, sujeto por los brazos de los dos jesuítas, quedó en el lecho tendido de espaldas con la mirada fija en el padre Tomás.