En su rostro, desfigurado por grandes manchas violáceas, que a cada instante se hacían más visibles, destacábanse los ojos, que lucían con brillo de intensa cólera.

El padre Tomás no se sentía capaz de mirar frente a frente a aquel moribundo, que parecía querer asesinarle con sus ojos. Había que apresurar el acto, y con la hostia en la mano, inclinó el cuerpo, poniéndola a poca distancia de la boca del enfermo.

Accipe frater Viaticum Corporis Domini nostri Jesu Christi, qui te custodiat ab hoste maligno et perducat in vitam æternam. Amén.

Y estas palabras eran interrumpidas por la débil voz del padre Claudio, que tenazmente balbuceaba:

—¡Queréis envenenarme! ¡No me engañaréis!

El padre Tomás miró a su víctima, la vió inmóvil, a pesar de sus protestas, y avanzó la hostia hacia su boca, murmurando la acostumbrada fórmula: Corpus Domini nostri, etc.

Pero no pudo terminar, pues ocurrió un suceso inesperado.

Al sentir el moribundo, en sus contraídos labios, el contacto de la Sagrada Forma, se estremeció de pies a cabeza, y haciendo un esfuerzo para resistir, agitó los brazos desesperadamente.

—¡M...da! ¡M...da!—gritó con voz que parecía salir de la tumba, y que produjo un movimiento de escándalo y extrañeza en todos los que estaban arrodillados en la galería.

Y con su nervioso braceo dió un golpe en la mano del padre Tomás, y la hostia cayó rota sobre las ropas de la cama.