Oyóse un ruido seco semejante al que produce el tapón al saltar de la botella, y un vómito de sangre negra y pestilente se derramó sobre la cama, cubriendo los fragmentos de la hostia que acababan de caer.

Después, la cabeza del padre Claudio quedó inerte sobre la almohada.

Había muerto, y en sus labios contraídos y manchados por la inmundicia, parecía leerse su última palabra, sucia como sus vómitos y soez como el alma de quien la había dicho.

Era el adiós más propio del padre Claudio al dejar el mundo.

SEPTIMA PARTE
MARUJITA QUIROS

I

La baronesa y la revolución.

El día en que se esparció por Madrid la noticia de la batalla de Alcolea, la baronesa de Carrillo creyó morir de indignación y de miedo.

Indignación contra el destino, contra la Providencia Divina, si necesario era, pues existiendo un Señor Todopoderoso en el cielo, no podía ella comprender cómo consentía que el trono de los reyes fuese destruído por las turbas revolucionarios, enemigas de Dios y de los santos.

Miedo, porque bien debía sentirlo una dama de Palacio, aristócrata de nacimiento y bastarda real, viendo pasar por la calle aquellas bandas de hombres armados, terribles revolucionarios que comenzaban a jugar a la milicia nacional y daban a entender su ferocidad sin límites, destruyendo... las coronas grabadas en los escudos o en las puertas de ciertos establecimientos.