Aquel cataclismo era suficiente para aterrar a la más valiente baronesa. Pero ¡Dios mío! ¿Qué iba a ser de España sin reyes? ¿Qué sucedería cuando la revolución expulsase a los padres jesuítas? ¿Podría salirse a la calle cuando mandase Prim, al que aclamaban las masas, o cuando fuese un hecho la República, a la que daban vivas?
La revolución sumía a doña Fernanda en un mar de confusiones y no sabía si quedarse en su casa, tranquila, como si nada ocurriese, o huir para no ser víctima del canibalismo revolucionario, el día en que las trompetas de los descamisados tocasen a comerse curas y baronesas.
Ella había vivido hasta entonces muy tranquila, sin acordarse de que aquella gente, que no tenía un título, ni iba a los bailes de Palacio, podía aspirar a gobernarse por sí misma; pero ahora, en vista del resultado, se confesaba que forzosamente había de ocurrir aquello más tarde o más pronto.
Los intereses de la monarquía y de la religión habían sido mal cuidados, en, concepto suyo. ¡Ah! ¡Si hubiera vivido el padre Claudio!
Después de los dos años transcurridos desde la muerte del poderoso jesuíta, doña Fernanda era la única, admiradora que se conservaba fiel a su memoria.
Ella no era enemiga de su sucesor, el padre Tomás. Admiraba la sagacidad y la astucia, del italiano, pero no encontraba en él el encanto del padre Claudio, y se decía que, a no haber muerto éste y de seguir aconsejando a la reina y a los gobernantes, no hubiese triunfado la revolución, ni las personas decentes pasarían tan malos ratos como proporcionaba la vista del pueblo armado en las calles.
Tan grande era el susto de la baronesa, que de buen grado hubiese seguido en su emigración a la reina y a sus queridos padres jesuítas. No podía acostumbrarse a vivir sin su antiguo amigo, el padre Felipe, aquel confesor insustituíble, que continuaba siendo un modelo de brutalidades y fortaleza, y tampoco podía transigir con aquella vida de manifestaciones a diario y motines cada semana, propia de los periodos agitados.
Por desgracia, la situación de la baronesa no le permitía obrar con entera libertad ni cumplir sus gustos.
Ella que tanto había buscado el matrimonio en su juventud, viéndose condenada por su fealdad y su carácter a un forzoso celibato, encontrábase ahora convertida en verdadera madre de una niña de cinco años, que alegraba, con su presencia y sus juegas, aquella casa de la calle de Atocha sobre la cual parecía pesar una maldición desde el trágico fin del conde de Baselga.
Era su sobrina María, hija de Enriqueta, que llevaba el apellido de Quirós.