La baronesa, cuando ocurrió aquel cambio político que tanto pavor le produjo, llevaba todavía el luto por la muerte de su hermana.
¡Infeliz Enriqueta! Después de la terrible escena que presenció desde su balcón en las últimas horas del 22 de junio, todavía vivió más de un año, si es que podía llamarse vida a aquella existencia enfermiza de la que ella misma no se daba cuenta.
En un estado rayano en la idiotez, ciega y sin reconocer a su hija, a la que tanto adoraba antes, estuvo la pobre joven basta el instante de la muerte. Algunas veces surgían los recuerdos como fugaces chispazos en su memoria, y entonces decía cosas ignoradas por la baronesa y que a ésta le causaban gran impresión.
De este modo supo doña Fernanda que la enfermedad de su hermana, que ella creía a consecuencia de haber visto muerto a su esposo sobre la acera, provenía, en realidad, de que vió a su antiguo amante, a aquel pillete republicano detenido por las tropas del Gobierno y próximo a ser fusilado.
Aquella noticia causó gran alegría a la baronesa, que odiaba intensamente al capitán Alvarez, y para comprobar si el hecho era cierto o si resultaba un delirio de la infeliz enferma, encargó a varios amigos de influencia que se enterasen en los centros oficiales de si un insurrecto ex oficial del Ejército, llamado Alvarez, había sido fusilado en la calle de Atocha.
Tales gestiones no dieron resultado alguno, pues en ningún Centro constaba la ejecución de un insurrecto de tal nombre. Además, Alvarez era muy conocido como conspirador, y su nombre era imposible que pasase inadvertido para las autoridades.
Doña Fernanda se quedó dudando sobre la certeza de aquel suceso y no supo si creer muerto o vivo al revolucionario que tan antipático le era. En vista de la ignorancia de los Centros oficiales se inclinaba a creer que el tal fusilamiento era una visión de Enriqueta, delirante al ver el cadáver de su esposo; pero cuando hablaba con su hermana, en los rápidos momentos de lucidez que tenía ésta, asombrábase y se inclinaba a creerla, viendo la serenidad con que le relataba, con gran abundancia de detalles, la fuga de Alvarez y su asistente por la calle de Atocha abajo y el encuentro con la patrulla que los fusiló.
Lo del fusilamiento nunca llegó a creerlo doña Fernanda; pero tuvo por indudable que su antipático enemigo había estado en la barricada de la plaza de Antón Martín, y como no le dolía atribuir a Esteban Alvarez cuanto de malo podía imaginar, tuvo por indiscutible que él era quien había enviado el balazo mortal al infeliz Quirós.
Enriqueta, debilitándose lentamente y corroída por una enfermedad que era más moral que física, agonizó cerca de dos años, hasta que por fin murió a principios del sesenta y ocho.
La baronesa quedó como madre de aquella niña, a la cual, a pesar de su aversión a los niños, quiso un poco más que a Enriqueta en su infancia.