Apenas oía vivas en la calle y rumor de gente que con banderas bajaban hacia la estación del Mediodía para recibir a algún personaje de la situación, la baronesa palidecía y temblaba, y si no corría a esconderse en el último rincón de la casa, era por la dignidad de clases, pues en su predisposición a imaginarse peligros y enemigos, creía que los criados eran terribles descamisados, que aunque la servían con el mismo respeto de siempre, fraguaban en su interior borrosos planes de venganza; si ella demostraba poca entereza y falta absoluta de valor, eran capaces de degollarla una noche en la cama y poner en práctica la liquidación social, repartiéndose su dinero y alhajas.
Doña Fernanda vivía en perpetua alarma; no salía a la calle ni aun para ir a la iglesia, y se estremecía de horror solo al oír los títulos que voceaban los vendedores de impresos y las canciones de los chiquillos.
Todos tenían en aquella época algo que escribir o que cantar contra la p... de Isabel y sus compinches, el padre Claret y sor Patrocinio; y cuando la baronesa pensaba que por sus venas corría algo de sangre de aquella, y que al mismo tiempo había sido gran amiga del cura palaciego y de la monja milagrera, estremecíase de horror creyendo que sus relaciones con aquellos caídos no podían conservarse en el secreto.
Para colmo de desdichas, el tabernero que vivía enfrente se tragaba todas las noches el contenido de las hojas y folletos que publicaba el ciudadano Roque Barcia y otros escritores de menos nombre, y, ansioso de hacer algo contra nobles y privilegiados que tan furibundos anatemas merecían a las plumas democráticas, había fijado sus ojos en la baronesa santurrona que tenía por vecina, y aunque el pobre hombre no era capaz de hacer daño a una mosca, poníase rojo de satisfacción cuando todas las mañanas detenía en la acera a la chismosa doncella de doña Fernanda para decirle, ahuecando la voz, que pronto se vería un 93, y que todas las algaradas presentes no eran más que preludios de la gran cuelga de los faroles que iba a hacerse de cuantos nobles y curas se encontrasen a mano.
Estas impresiones del sanguinario tabernero las transmitían textualmente la doncella y el portero a su atribulada señora, la cual se estremecía de horror cada vez que, atisbando tras los visillos del balcón, veía tras el mostrador el mofletudo y bondadoso rostro del tabernero, incapaz de otros crímenes que no fuesen el aguar el vino de sus toneles.
Por fortuna para la atribulada baronesa, a los dos meses de agitación comenzó a cansarse el pueblo de tanta bullanga sin objeto, y la revolución “entró en caja”, como decían los periódicos sensatos. Con esto, doña Fernanda gozó de una relativa tranquilidad.
La nación se pasaba sin reyes, y no temblaba la tierra ni se venía abajo el cielo; funcionaba ya un Gobierno presidido por Serrano, al que la baronesa conocía de la época en que, joven, gallardo y con el apodo de el General Bonito, disponía como dueño en Palacio y era el único que tenía imperio sobre la caprichosa Isabelita.
Doña Fernanda comenzó a encontrar más tolerable la situación, y hasta reanudó su vida de antes, consolándose, con frecuentes visitas a las iglesias, de la fuga de sus amados padres jesuítas. Las cofradías comenzaban a funcionar, y los antiguos compañeros de asociación volvían a encontrarse y a reunirse para echar sendos párrafos sobre la impiedad de los tiempos y las desgracias de España desde que en ella no reinaban los Borbones.
Ya comenzaba a encontrar la baronesa algo tolerable aquella vida en período revolucionario, cuando un suceso vino a sumirla nuevamente en la intranquilidad.
Desde que Paco Serrano remaba, con el título de jefe del Gobierno Provisional, se sentía más sosegada, confiando en su protección, y de aquí que ya no le importasen gran cosa las amenazas del descamisado tabernero, ni procurara atisbar tras los balcones las actitudes de aquel Nerón, enemigo irreconciliable... del vino puro. Pero una mañana en que levantó el cortinaje de una ventana para ver qué tiempo hacía y decidirse a salir a pie o en carruaje, inmutóse al ver un hombre parado en la acera de enfrente y mirando con fijeza la fachada de la casa.