Era un militar que en su bocamanga llevaba los galones de comandante y que, a pesar de ser joven, tenía en su bigote y en la cabeza algunas manchas de canas.
Doña Fernanda creyó reconocerlo más con el corazón que con los ojos, pero se detuvo, no queriendo admitir una idea absurda.
¡Dios mío! ¡Qué ilusión más completa! Parecía el mismo; pero no, no podía ser. Aquel otro había muerto fusilado casi en aquel mismo sitio, según el testimonio de la pobre Enriqueta.
La baronesa, embargada por la emoción del que ve levantarse un muerto de la tumba, intentaba convencerse de que era absurda su oposición, y buscaba en aquel militar algún rasero que la demostrase cómo no era el mismo que ella se imaginaba.
Pero resultaba inútil. Las canas y ciertas arrugas prematuras era lo único de nuevo que encontraba en aquel rostro; en lo demás, la misma expresión e idénticos ademanes.
Doña Fernanda iba ya creyendo que aquello era una aparición de ultratumba, una visión fantástica que surgía ante sus ojos en pleno sol y en medio de una calle grande y transitada, cuando el militar, que permanecía inmóvil y con la mirada fija enfrente, abandonó su actitud para alejarse calle arriba con lento paso.
Doña Fernanda, al verle moverse y codearse con los transeúntes que venían en dirección contraria, ya no dudó más.
No era una aparición. Aquel militar era Esteban Alvarez, el antiguo amante de Enriqueta, el verdadero padre de María.... el fusilado el día 22 de junio.
II
Lo que fué del revolucionario Alvarez.