Cuando el ex capitán Alvarez, sentado en el café de Madrid, sito en el boulevard Montmartre y punto el más frecuentado por los españoles residentes en París, contaba a sus compañeros de emigración sus hazañas del 22 de junio, lo que más excitaba la atención y torturaba la curiosidad de todos era la última parte de la jornada, o sea lo que le ocurrió después de disparar el último tiro en la barricada de la plaza de Antón Martín.

¡Oh! ¡Qué gran cosa resulta la amistad cuando es verdadera! ¡Cuán poco debe uno guiarse por las apariencias! Muchas veces, el amigo que se desprecia y que en menos se tiene es el que presta el servicio supremo que con más emoción se recuerda durante toda la vida.

Huían Alvarez y su asistente de la barricada que acababa de tomar la tropa, cuando al parar por frente a la casa de Enriqueta detúvose sorprendido viendo a ésta en un balcón. Hízola una señal de adiós, y apremiado por el peligro, volvió a emprender su precipitada carrera: pero ya era tarde para salvarse.

Al pasar frente a una bocacalle, los dos fugitivos vieron se envueltos por un grupo de guardias civiles, y les fué imposible resistir. Para escapar con más ligereza habían arrojado las armas y era inútil que intentasen resistir a aquella docena de guardias que les apuntaban con sus fusiles.

Dejáronse, pues, conducir por aquellos hombres que en lo ceñudo de sus rostros y en sus miradas iracundas daban a entender propósitos poco tranquilizadores.

Alvarez y su asistente, ennegrecidos por el humo del combate, con las ropas rotas y en desorden y sin sombreros, tenían un aspecto poco distinguido, y sin duda por esto, los guardias se abstenían de hacerles preguntas, tomándolos por dos revolucionarios, y únicamente les dirigieron la palabra para llamarlos bandidos y canallas, con otras lindezas por el mismo estilo.

Amo y criado habían sido arrojados contra una pared, y allí, cogidos de la mano, y erguidos con sublime jactancia, aguardaban la descarga con que les amenazaba una docena de fusiles apuntados a sus pechos.

Alvarez, próximo a recibir la fatal caricia del plomo, miró a aquel balcón, en el que había visto a Enriqueta como una aparición momentánea. Allí estaba ella aún, casi doblada sobre la balaustrada y próxima a desvanecerse, y Alvarez la vió caer, al fin, pesadamente y golpeando su cabeza en los hierros.

El amante apenas se impresionó, pues en aquel día los sucesos terribles se seguían con una rapidez tan asombrosa que abrumaban su pensamiento.

Iba a morir, y preocupado por esta idea, sólo atendió al presente. Por un rasgo de coquetería varonil, semejante al que sentía Murat, cuando al ser fusilado gritaba: ¡No tiréis a la cara! Alvarez se cubrió el rostro con un brazo y esperó la descarga.