Alvarez oyó los pasos de mucha gente, voces imperiosas, y quitando el brazo de sus ojos vió a un pelotón de soldados de Infantería que desembocaba por la misma bocacalle.

Un teniente joven, con el sable en la mano, cuestionaba con el sargento que mandaba el pelotón de guardias civiles:

—¡Se están ustedes deshonrando!—gritaba el joven militar—. No son ustedes nadie para fusilar a los prisioneros. Para eso están los consejos de guerra.

Los guardias estaban furiosos contra los revolucionarios. Muchos de los suyos habían caído atravesados por los certeros tiros de las barricadas y ansiaban vengarse con esa vehemencia rabiosa de los soldados viejos, entre los cuales el compañerismo es el mayor de los deberes.

El sargento intentó resistirse al mandato del oficial, pero éste se le impuso con el prestigio que la superioridad proporciona entre las gentes de armas.

La Guardia civil bajó sus fusiles, y los dos prisioneros pasaron a poder del teniente, que se comprometió a conducirlos al Principal, donde iban amontonándose los insurgentes cogidos con las armas en la mano.

Alvarez experimentó verdadera rabia al enterarse de aquel suceso. Sabía lo que significaba el ser conducido al Principal. La persona sería identificada, tendría que comparecer ante un consejo de guerra que le aburriría con sus preguntas y, al fin, sería fusilado, ni más ni menos, que como ya iba a serlo por las armas de aquellos guardias.

Ganaba algunas horas más de vida, pero también se prolongaba su agonía y tenía que luchar con sus negros recuerdos.

Irritado contra el oficial que le había arrancado de manos de los guardias, lanzó una mirada que demostraba su falta de agradecimiento. El militar no se fijaba en él; le volvía la espalda con ese desprecio que el vencedor siente hacia el caído.

Aquella rápida mirada sirvió a Esteban para hacer un descubrimiento. En el cuello de los soldados que le rodeaban ostentábase el mismo número del regimiento a que él había pertenecido. Una nueva desgracia que caía sobre él. Sus guardianos no tardarían en reconocerlo a él y a su antiguo asistente, y sería imposible el impedir la identificación de personalidad, que tan terrible había de serle.