A Alvarez le pareció adivinar en aquellos soldados ennegrecidos y transfigurados por el combate algunos de los individuos de su antiguo batallón, y aunque ahora se fijó más atentamente en el oficial que los mandaba, le fué imposible reconocerlo, pues marchando al frente del destacamento le presentaba la espalda.

Una gran parte de aquella compañía, de la que estaba encargado el teniente por haber muerto el capitán en aquella mañana, siguió por la calle de Atocha arriba, para reunirse con las demás fuerzas que ocupaban la barricada de la plaza de Antón Martín: la Guardia civil quedó detenida en la esquina, y el joven oficial, con unos veinte soldados, que llevaban entre sus bayonetas a los dos prisioneros, emprendieron la marcha por la calle del Fúcar.

Anochecía, y como en aquella zona de Madrid no era posible encender el alumbrado público hasta que se recompusieran los destrozos causados en las cañerías de gas por los insurrectos, al levantar las barricadas, en las calles estrechas reinaba una obscuridad que hacía caminar a los soldados con bastante precaución.

El oficial, que iba al frente, fué acortando poco a poco su paso, hasta quedar al nivel de los prisioneros y colocarse al lado de Alvarez.

Seguía en su actitud indiferente y desdeñosa y entonaba, entre dientes, los toques de corneta que había estado oyendo durante todo el día. Alvarez, a pesar de su triste situación, sentíase muy molestado por la petulancia de aquel oficialito, que, pegado a él, parecía hacerle fisga con su monótono canturreo.

De pronto se estremeció al oír, entre un toque a la bayoneta y otro de alto el fuego, una voz conocida que le hablaba muy bajo.

—Te he conocido en seguida, querido Séneca. Ya me figuraba yo que era muy posible el encontrarte metido en esta zambra... ¡Eh! ¡No te inmutes! No me hables: podían apercibirse estos muchachos y lo echaríamos todo a perder.

Alvarez no volvió la cabeza e hizo esfuerzos para que no se conociera la sorpresa que experimentaba. Había reconocido al oficial; era su antiguo amigo, el vizconde del Pinar, aquél a quien llamaban en el regimiento el alférez Lindero, y que durante la emigración de Alvarez había ascendido.

Perico, que marchaba a la derecha de su amo, casi pegado a él, oía perfectamente tales palabras, y más sereno que aquél no hizo el menor gesto de sorpresa. El había reconocido al teniente desde que se puso al lado de los prisioneros, pero se callaba aguardando algo bueno de aquel encuentro.

El vizconde seguía hablando, aunque miraba a otra parte, sin mover los labios y como si tal cosa no hiciera, habilidad que había adquirido en los salones para decir cuanto quería, sin que se apercibiera otra persona que la interesada y de la que él se mostraba siempre muy orgulloso.