—¡Buen día nos habéis dado con vuestra maldita revolución! Te digo que aquellos guardias tenían motivo de sobra para haberos fusilado. ¡Diablo! Y si no llego yo, de seguro que os despachan a ti y a tu asistente. Te he conocido en seguida, a pesar de que te tapabas la cara... ¡Bien!; y ahora, ¿qué...? La verdad es que no hemos adelantado gran cosa librándote yo de los fusiles de aquellos energúmenos. Vas a ser fusilado, querido Séneca, a pesar de toda tu filosofía, y lo mismo le ocurrirá a ese bruto de Perico, que comete la locura de seguirte a todas partes. Mi deber es conducirte al Principal: allí no faltará alguien que te reconozca, y no te digo si tendrán ganas de meterle plomo en el cuerpo a un conspirador como tú, que lleva revuelto el Ejército, arreglando pronunciamientos. Pero.... ¡con mil demonios!!, estate quieto. ¡Anda como si nada te dijera! No vuelvas la cara ni intentes hablarme... Ya veremos de arreglar esto en el camino.
Y aquel buen muchacho inclinó la cabeza, ocupado en pensar cuál sería el medio más seguro y acertado para salvar a su amigo.
Reflexionó largamente, y la única consecuencia que pudo sacar es que se había metido en un lío terrible, y que no le quedaba otro remedio que comprometerse gravemente o llevar a su amigo al degolladero.
El vizconde sentía que algo que dormía en el fondo de su vano cerebro se sublevaba ante la idea de que Alvarez fuera entregado por él mismo en el Principal, de donde saldría para ser fusilado con otros muchos prisioneros. No; esto no ocurriría, pues sería para él un eterno remordimiento.
—Yo creo en la Providencial—pensaba—. Y ¡qué diablo!..., cuando las cosas han venado de modo que siendo tan grande Madrid he sido yo el destinado á hacer a Alvarez prisionero, es que la suerte me designa para que sea su salvador. Y le salvaré..., ¡sí, señor!, le salvaré.
El teniente, convencido por esta lógica de que estaba en el deber de salvar a su amigo, aunque faltara a la disciplina y expusiera su vida, ocupábase en imaginar los medios de evasión, y de vez en cuando miraba con ojos recelosos a todos los soldados, que, con el fusil al brazo y la bayoneta calada, marchaban detrás de los prisioneros. Aquel examen le tranquilizaba poco.
—Mira, Esteban—siguió diciendo a su amigo del mismo modo que antes—. Veo muy difícil que tú te puedas escapar. Si fueras un desconocido, aún podría yo intentar algo con esos muchachos, diciéndoles que eres un honrado padre de familia y que resultaría un crimen el fusilarte. Pero te conocen, Séneca, te conocen. Muchos de ellos son quintos del año pasado; pero vienen aquí dos gastadores de la época en que tú estabas en el regimiento, y hace rato que no te quitan la mirada de encima. Esos saben quién eres y las ganas que el Gobierno tiene de echarte la mano. Si te escapas de seguro que te disparan, y lo peor es que no errarán, pues son buenos tiradores. Pero..., ¡con mil demonios!, ¿qué es lo que voy a hacer?
Alvarez no pudo contenerse esta vez, y a pesar de la oposición del teniente, habló con voz apenas perceptible.
—Llévame al Principal; es lo más fácil. Me importa poco vivir después de lo ocurrido.
—Por fin has hablado para decir una barbaridad. ¿Te parece, alma de cántaro, que yo, sin remordimiento de conciencia, puedo entregarte en manos de los que te han de dar muerte?... Y el caso es—continuó con visible vacilación—que no es cosa fácil salvarte. Es fácil que un preso se escape, pero aquí sois dos, y la cosa no resulta ya tan sencilla. ¿Qué haremos?