Y el teniente, que caminaba cada vez más lentamente, volvió a sumirse en una profunda meditación.

La obscuridad era cada vez mayor en las calles; la mayor parte de las casas tenían cerradas sus puertas y no se veía un transeúnte por parte alguna. Parecían las calles de una ciudad abandonada. El vecindario, aterrorizado por los combates que durante toda la tarde se habían sostenido en aquella zona de Madrid, sentía aún en los oídos el zumbido de las últimas descargas y no se atrevía a dejar libre la más pequeña rendija de su domicilio. La llegada de la noche y la carencia de alumbrado aumentaba aún más el terror.

La escolta y sus prisioneros estaban ya en la calle de Jesús, próximos a la plaza del mismo nombre, cuando el vizconde tocó con el codo a su amigo Alvarez.

—Oye, Esteban: he pensado bien lo que te va a ocurrir y veo que no te queda más recurso que la fuga. Puede ser que alguno de éstos, al verte correr, te acierte y te meta una bala en el cuerpo; pero si llegas al Principal tu ruina es cierta, y muerte por muerte, más vale que tientes fortuna. Tal vez logres escapar sano. De dos hombres que huyen en distinta dirección, por lo menos uno puede salvarse. ¿Nos oyes tú, muchacho?

Perico dió con el codo un suave golpe a su señor para indicarle que escuchaba las palabras del teniente, y Alvarez, por su parte, contestó afirmativamente a su amigo con idéntica señal.

—Está bien. Pues así lleguemos a la entrada de la plaza, tú huyes por un lado de la calle de Lope de Vega, y Perico, por el otro. El lado de la derecha, es el malo, pues conduce al Prado, donde es muy difícil sustraerse a la persecución; el de la izquierda es el mejor, pues por él puedes encontrar en las calles vecinas alguna casa abierta donde esconderte. Los dos lados son igualmente malos, si estos chicos que nos siguen tienen buen ojo y os aciertan en la obscuridad. Es inútil que os dé consejos, pues los dos sois veteranos. No hagáis caso de los tiros; la cabeza baja y a correr. Ya estamos cerca de la plaza, Séneca; dame la mano sin que nadie se aperciba; así, aprieta fuerte, y si te salvas, no seas tonto y no te metas en otro fandango como éste. Yo ya veré cómo salvo mi responsabilidad... ¡Créeme, Esteban! El horno no está para tortas, y como esto no cambie perderéis siempre los revolucionarios.

La escolta estaba ya a la entrada de la plaza de Jesús, cortando la calle de Lope de Vega. No había allí nadie, la obscuridad era densa, la soledad repercutía con eco, agigantando las pisadas, y en las negras líneas que formaban las fachadas de las casas, no brillaba luz alguna.

Perico caminaba cada vez más unido a su amo, y al llegar a tal punto, díjole al oído con acento imperioso:

—Usted, por la izquierda.

Esteban se sintió violentamente empujado, y en el mismo momento vió arremolinarse toda la escolta, echándose los fusiles a la cara.