Era que el fiel muchacho, después de empujar a su amo hacia la izquierda, se había arrojado con velocidad aplastante sobre el soldado que iba a la derecha, y arrojándolo al suelo huía por la calle de Lope de Vega, con dirección al Prado.

Prodújose en la obscuridad un desorden espantoso. El teniente gritó con indignación tan espontánea, que hacía honor a su disimulo, y los soldados apuntaron sus fusiles e hicieron una descarga cerrada sobre aquella parte de la calle.

—Creo que va herido—gritó uno de los soldados que pasaba por tener una vista portentosa, e inmediatamente, más de la mitad de la escolta se lanzó en la obscura calle en persecución de Perico.

Todo esto había pasado como una exhalación a los ojos, de Alvarez. El estampido de la descarga le sacó de la estupefacción producida por la rápida fuga de su asistente; vió a los soldados de espaldas a él haciendo fuego, y al mismo tiempo, el vizconde, mientras gritaba animando a sus soldados a la persecución, le largó un sablado de plano, como indicándole que huyera en seguida, antes que la escolta volviera de su sorpresa.

El revolucionario escapó por la izquierda de la calle, corriendo junto a la pared, con la cabeza baja y el cuerpo encogido, para presentar escaso blanco, por si le hacían una descarga.

Estaba ya cerca, de la calle de San Agustín, cuando un soldado bisoño se apercibió de la fuga de Alvarez.

—¡Que se escapa el otro!—gritó; y a esta voz, los pocos soldados que quedaban al lado del teniente volvieron la cabeza hacia la izquierda de la calle. Parecíales distinguir la sombra que proyectaba en la obscuridad el fugitivo, pero ninguno pudo hacerle fuego, por haber disparado poco antes sus fusiles.

Dos gastadores, los mismos que habían reconocido a Alvarez, según aseguraba el vizconde, fueron los que salieron en su persecución.

—¡No es necesario que carguéis!—dijo uno de ellos a los compañeros—. Nosotros tenemos buenas piernas y lo traemos aquí.

Y los dos muchachotes, con el fusil colgado del hombro, salieron al escape de sus veloces alpargatas, y en la sombra se perdió el retintín que producían sus armas al agitarse con la violencia de la carrera.