—Vámonos...; pero, no, aguárdate un poco. Que conste esto que hacemos, pues ese señor de seguro que está ahí.
Y Juanico se acercó a la entreabierta puerta y la golpeé con la culata de su fusil.
—Mi capitán—dijo con voz leve acercando su cabeza al espacio que la puerta dejaba libre—. Sabemos que está usted ahí, pero no pase cuidado. Comprendemos lo que son estas cosas, y para nosotros, un hombre es un hombre.
El gastador iba a retirarse después de este rasgo de elocuencia, en que condensaba todos sus sentimientos, cuando creyó prudente añadir para que el servicio no quedase en el misterio.
—Yo soy Juan Cuesta, y mi compañero, Pablo García, de la escuadra del segundo batallón, la que mandaba el cabo Ravianco. Somos de Belchite. Usted, de seguro, no tendrá el honor de conocernos, pero nosotros nos acordamos de cuando usted mandó, por una temporada, nuestra compañía. Aún me acuerdo de las dos guantadas que le atizó usted al cabo Solimán, aquel que tantas panzas les largaba a los reclutas. Parece que lo estoy viendo... ¡Qué buenos puños tiene usted!
Y el muchachote, como si temiera enfrascarse en aquellos recuerdos que le hacían sonreír, se apartó un poco, disponiéndose a retirarse.
—Vaya, ¡adiós, mi capitán!... Ese que iba con usted no sé qué suerte habrá tenido. Creo que alguna de las chinas le habrá alcanzado. Que tenga usted mejor fortuna, capitán; procure que no le coja la Policía o la Guardia civil, que ahora mismo irán a la husma de los fugitivos.
Y el soldado aragonés se retiró, pero cuando ya estaba al lado de su compañero volvió, sobre sus pasos, como si hubiese olvidado algo importante.
Le repugnaba retirarse sin tener una muestra de agradecimiento del perseguido, y acercando su cabeza a la entreabierta puerta, volvió a hablar:
—Mi capitán, ya que tal vez no nos veamos más, haga el favor de darme la mano. Soy un buen muchacho y tengo gusto en estrechar la mano de un valiente.