El gastador vió asomar por el borde de la puerta una mano varonil que apretó con toda la rudeza de un vehemente sentimiento.
—Bien, mi capitán; es usted todo un hombre. Da gusto hacer bien a valientes como usted. No se mueva; ahora mismo me voy.
Y volviéndose a su camarada le llamó con un ligero siseo.
—¡Eh, tú! ¡Pablico! Ven aquí, que el capitán quiere darte la mano.
El otro aragonés acudió solícito a estrechar aquella mano que surgía de la obscuridad como la de una aparición fantástica, y los dos soldados, después de sonreír estúpidamente por aquel honor, se retiraron, no sin antes decir el más avispado:
—Guárdese bien, mi capitán, que no lo cojan. Y si algún día cambian los tiempos y usted es algo, acuérdese de estos pobres. No lo olvide; somos de Belchite.
Los dos gastadores se alejaron, y en su apostura notábase la interna satisfacción que experimentaban.
—¿Ves?—decía Juanico—. Da gusto hacer favores a hombres que son hombres. Te digo que el dar la mano al capitán me ha puesto más contento que cuando la Pepa me regala un real para vino. ¿No piensas tu así?
El compañero afirmó con una cabezada.
—Ahora—continuó el gastador aragonés—mucho mutis. Hemos hecho lo suficiente para ir al Fijo de Ceuta. Aunque Dios baje del cielo a preguntarte, cuidado con mover la lengua.