Cuando los dos llegaron a la entrada de la plaza de Jesús vieron reunida ya a toda la escolta y sentado sobre un fusil que sostenían por ambos extremos dos soldados al desgraciado Perico, que había sido herido en una pierna al escapar hacia el Prado.

Los soldados, al recogerle del suelo bañado en sangre, aplacaron su furor, y perdonándole la carrera y la alarma que les había proporcionado le trataban con bastante consideración.

La escolta púsose en marcha, y los dos gastadores, en el silencio con que el teniente acogió su declaración de no haber alcanzado al fugitivo, comprendieron que no habían obrado del todo mal.

Cuando Alvarez, oculto en aquel portal obscuro, oyó alejarse a los soldados empujó la puerta tras la cual se guarecía, y cerró suavemente.

Ya estaba en salvo, aunque sólo fuera momentáneamente. Sentado en los primeros peldaños de la escalera, envuelto en aquella densa oscuridad y oyendo de vez en cuando sordos ruidos que provenían de los habitantes de los pisos superiores, pasó Alvarez gran parte de la noche, considerando aquel refugio incómodo y peligroso como un lugar de delicioso descanso, después de las terribles aventuras de aquel día.

De vez en cuando sonaba a los lejos el galopar de algún pelotón de caballería, y en la misma calle, se oyeron varios veces los pasos de patrullas que marchaban lentamente recorriendo la ciudad para efectuar registros en las casas sospechosas y detener a cuantos transeúntes de aspecto equívoco encontraban.

Alvarez, sumido en aquella oscuridad, presa de cruel incertidumbre sobre su porvenir, y a merced del primero que llamase a la puerta o bajase la escalera, sentía desvanecerse por momentos su presencia de ánimo.

La situación no podía ser más crítica. Mientras había durado en el la excitación del combate, los peligros le habían parecido sin importancia; no había sentido la menor conmoción en las barricadas, ni al ver cerca de la cara de Enriqueta los fusiles de la guardia civil apuntados a su pecho: estos sucesos, así como la reciente fuga, recordábalos con toda la vaguedad de un sueño, pero ahora, al considerar fríamente su situación, sentía miedo y deseaba salir cuanto antes de tan angustioso estado.

Permaneciendo allí, estaba a merced del primero que lo encontrase en la escalera, y esta consideración le impulsó varias veces a subir para pedir a los vecinos de las habitaciones superiores que le auxiliasen; pero siempre se detuvo. Los habitantes de aquella casa, a juzgar por el portal reducido, mísero y sin portería, debían ser gentes pobres; pero aunque esto alentaba al fugitivo, por otra parte, atemorizábale la idea de encontrar arriba alguna mujer que asustada por su presencia, diese voces que pusieran en alarma a toda la calle.

Alvarez prefirió permanecer quieto, y allí, estuvo muchas horas sentado en el duro peldaño y martirizado por la carencia de tabaco y fósforos.