Quiso que don Pedro tomase la cantidad que juzgase necesaria para atender a los gastos que pudiera proporcionarle, pero el viejo rehusó con un gesto imponente que recordaba a los héroes de tragedia, rechazando la cicuta mortal.
—No; sería la primera vez que tomaría dinero a cambio de un favor. Guárdese sus billetes, señor de Alvarez. Aunque soy pobre, aún tengo algunos duros en esa cómoda y puedo hacer mi santa voluntad sin que nadie me ayude.
Alvarez no insistió, pues había conocido el verdadero carácter de aquel hombre.
Eran ya las tres de la madrugada, y don Pedro, excitado por aquella charla extraordinaria, no pensaba en dormir. Fumaba cigarrillo tras cigarrillo y hacía que el capitán bebiera copitas del añejo, según él decía, para que se le pasasen los muchos sustos que había experimentado durante el día anterior.
A las cuatro, cuando ya comenzaba a romper el día, se decidió a dormir, pero antes, aun quiso mostrar a su huésped lo que él llamaba museo retrospectivo, y de dentro de un cofre viejo sacó un grueso manojo de anuncios de teatro y algunas docenas de pequeños volúmenes, encuadernados en pasta.
Los primeros, eran los prospectos teatrales de cuando él era empresario y estrenaba dramas propios que vivían en el cartel una sola noche. Los libros constituían una biblioteca que él había publicado en pleno furor romántico, con el título de Galería de espectros trágicos y sombras ensangrentadas, colección de novelas con más prodigios que una comedia de magia y en las cuales las protagonistas ostentaban puñales y botes de veneno como quien lleva el abanico, y todos los héroes eran melenudos, de ojos satánicos y con palidez verdosa, como si todas las mañanas se desayunasen con vinagre.
La excitación de la charla y un par de copitas habían puesto a don Pedro en una situación tal que, al contemplar aquellos recuerdos de gloria, se enterneció hasta el punto de que le saltaron las lágrimas por bajo de las gafas.
—¡Ah, caballero!—gimoteaba el viejo—; aquélla fué mi grande época. Tenía dinero en abundancia, era respetado y querido por todos, se me consideraba como hombre llamado a hacer grandes cosas, y, sobre todo, tenía a ésa—señalando al retrato—, a mi Ramona, que era un dechado de perfecciones. Yo la maté, señor Alvarez: no quiero ocultarlo, yo fuí quien la maté, con mi afán de actividad y de especulaciones atrevidas. La pobrecita no pudo sufrir la ruina ni familiarizarse con la miseria. Había nacido en la opulencia y murió en el hospital. El primer día en que ella me vió en el cajón de memorialista, esperando a criadas y aguadores que entonces no venían, la infeliz cayó enferma. Era demasiado señora para sufrir aquello. Crea usted que estos recuerdos son lo único que en esta vida me pone triste.
El anciano encerró los libros y papeles en el cofre y se dirigió a la cama, no sin beber antes otra copita, para olvidar aquello que tanto le afligía.
Los dos iban a acostarse en la misma cama, y cuando estaban ya en ropas menores, y don Pedro, dejando las gafas sobre la mesa, iba a apagar el hermoso quinqué, dijo al militar: