Dos horas después, la servidumbre del colegio recogía el desfallecido cuerpo de Ricardo, para conducirlo a la enfermería.
Fué aquello un accidente pasajero del que no tardó en reponerse; pero el director del colegio, que en la intimidad daba a entender cómo bajo una sotana jesuítica puede ocultarse un espíritu volteriano, dijo, hablando de Ricardo con otro padre de la Compañía:
—La falta de alimentación le hará ver las más estupendas visiones. Carne y más carne. Este es el mejor remedio contra las visiones celestes.
IV
El Corazón de Jesús,
buzón de Correos.
Una duda que asaltó a Ricardo pocos días después de haberse decidido por consejo de la Virgen a abrazar la vida religiosa, fué si debía preferir la Compañía de Jesús a cualquiera de las Otras protegidas por la Iglesia.
La regla de San Francisco y la de otros santos fundadores había contado muchos bienaventurados en su seno, y no era, por tanto, condición precisa para ser favorito de Dios el pertenecer al instituto de San Ignacio; pero pronto se desvaneció tal duda en el joven por medio de aquella vida del celestial Gonzaga, cuya lectura constituía todo su recreo.
San Luis, al decidirse por el servicio de Dios, había dudado sobre el instituto religioso que debía escoger, pero al fin se había decidido en favor de la Compañía de Jesús, por varias razones que el padre Crosset tenía buen cuidado de consignar en la vida del santo.
Ricardo reproducía en su memoria todos estos motivos y los encontraba en extremo ciertos.
El, del mismo modo que el santo italiano, entraría en la Compañía de Jesús, porque en ella reinaba la humildad, ya que se hacía voto de no admitir dignidades eclesiásticas. Y el joven creía que este rasgo de la Orden era sublime, no parándose a considerar que mal podían apetecer los jesuítas obispados y cardenalatos, cuando son el oculto nervio de la Iglesia, que mueven a ésta a su sabor y que dominan desde el Papa hasta al último sacristán.