Gustábale, además, la Compañía, como al seráfico Gonzaga, porque “en ella se enseña a la juventud virtud y letras”; pero Ricardo no pensaba en que esta juventud que recibía la instrucción de los jesuítas era sólo la juventud privilegiada, la perteneciente a la clase acomodada y aristocrática y que, en cambio, nunca la Orden loyolesca se había preocupado de educar al pueblo, interesándose por que éste permaneciese siempre en la ignorancia, medio seguro para que jamás saliese de la abyección.
Otra de las razones que atraía las simpatías del joven fanático hacia la Compañía de Jesús era que ésta “se dedicaba a la conversión de los herejes y los gentiles, en todas las partes del mundo”. Para un joven ignorante, esta misión era sublime y en alto grado civilizadora, y así lo creía él, por haberlo oído varias veces a los padres maestros del colegio, que hablaban, con entonación lírica, de las grandes conquistas llevadas a cabo por la Compañía en el mundo de la barbarie, y de las conversiones en masa que los misioneros de la Orden habían hecho en la India y en el Japón.
Podía hablarse así, con la seguridad de no ser desmentido, a una juventud ignorante que no conocía otra historia que la enseñada en los colegios de la Compañía, y que, por tanto, no tenía la menor duda sobre la milagrosa elocuencia de San Francisco Javier, el cual, desconociendo la lengua de los indios y por medio de mímica, convirtió miles de indígenas. Además, era muy extraño que después de estar la Compañía de Jesús más de tres siglos predicando la buena nueva en la China y en el Japón, no hubiese conseguido la cristianización de tales pueblos, limitando todas sus conquistas al bautismo de algunas familias de naturales pobres y envilecidos, que adoraban a los misioneros más que por sus doctrinas por los puñados de arroz que les repartían en las épocas de carestía.
Pero para Ricardo era artículo de fe que la Compañía había convertido al catolicismo a casi toda Asia, y a sus ojos aparecía la Orden como un instituto sublime, cuyos misioneros poseían las lenguas de fuego de los apóstoles y enternecían a los pueblos en masa, haciéndoles abrazar la doctrina del Evangelio.
El quería ser de aquella milicia heroica. Deseaba ser soldado de aquella legión fuerte e inquebrantable, cual la verdadera fe, y, como todos los misioneros célebres de la Compañía, pensaba en atravesar los bosques de Asia, sin otras armas que el Evangelio ni otro equipaje que su sotana, quebrantado por el ayuno y roído interiormente por la enfermedad, siempre en busca de nuevos gentiles que convertir y dispuesto a pagar con los más horrorosos martirios su santa audacia.
Aspiraba Ricardo a desempeñar este hermoso papel de héroe santo, creado por la leyenda jesuítica, y estaba lejos de imaginarse que tales misioneros, audaces hasta la demencia y ascetas hasta la total extenuación, eran infelices autómatas que la Orden creaba para revestir sus fines de una atmósfera simpática de grandeza y desinterés, y que sus esfuerzos por introducir el cristianismo en las naciones idólatras sólo servían para que después los verdaderos directores de la Compañía, aprovechándose de la audacia de sus fanáticos instrumentos, estableciesen compañías de comercio en los citados países, negociando con sus productos que cambiaban por los de Europa.
De este modo el instituto de San Ignacio de Loyola reunía en su tesoro más millones que todos los grandes banqueros juntos, y así se hacía dueño de importantes líneas férreas y tenía, con nombre supuesto, numerosas flotas de vapores en todos los mares del globo.
Decidido Ricardo Baselga a entrar en la Compañía, ansiaba que llegase el instante de ser admitido en su seno, y tan vehemente era su deseo, que hasta temía que los buenos padres se negaran a darle entrada en la Orden.
Desde el día en que la Virgen le habló y Dios, rodeado de su deslumbrante corte, pasó ante sus ojos como una visión fugaz, el joven no tuvo otra aspiración que la de entrar cuanto antes en la Compañía. Pero siempre que intentaba formular su deseo, sentíase cohibido y dominado por una timidez que le impedía manifestar su pensamiento.
Por fortuna para él, pronto se le presentó una ocasión para manifestar su deseo sin que hubiera de ruborizarse ni tartamudear, pensando que su demanda podía ser desechada.