El único ser de la familia que lograba despertar algún cariño en doña Fernanda era Ricardito, quien permanecía horas enteras sentado a los pies de su hermanastra, oyéndola relatar vidas de santos, en que lo absurdo y maravilloso constituían los principales hechos.
La baronesa, con su carácter imperioso y dominante, ejercía gran influencia sobre el débil niño y tenía el poder de ir modelando a su gusto sus aficiones y tendencias.
Ricardito, a los nueve años, tenía ya resuelto su porvenir.
Cuando juntándose con otros colegiales hablaban todos de lo que pretendían ser cuando fuesen hombres, el hijo del conde de Baselga manifestaba siempre idéntica aspiración.
Sus compañeros querían ser en el porvenir generales, embajadores, almirantes, todos los cargos, en fin, ruidosos y brillantes a los que la sociedad presta homenaje; Ricardito, con sencillez y modestia, contestaba siempre lo mismo al ser interrogado: él quería ser santo.
Y en esta opinión le tenía todo el colegio en vista de su vida y costumbres; y cada vez que manifestaba el niño tal opinión en presencia de la baronesa, ésta se conmovía experimentando una satisfacción sin límites.
El padre Claudio mostraba especial interés en fomentar las aficiones seráficas de aquel niño, y los maestros del colegio secundaban admirablemente los propósitos de su superior.
Aprovechábanse de las más leves faltas del niño para recordarle la misión a que Dios le llamaba y crear en él lo que pudiera llamarse orgullo de clase.
La educación jesuítica, tan dulce en la forma como defectuosa e irritante en el fondo, fúndase principalmente en la odiosa división de castas.
Para combatir los defectos no se acude a la moral ni se recuerdan las leves naturales, sino que se hace uso de cuanto puede afectar al orgullo y la soberbia o herir el amor propio.