Cuando alguno de aquellos colegiales pertenecientes a las más encumbradas familias cometía alguna falta, no se le reprendía echándole en cara lo que ésta significaba, sino que el padre jesuíta; se limitaba a decir:
—¡Parece mentira que un noble perteneciente a una de las más ilustres familias, haga tal cosa! Se pone usted al nivel de un muchacho del pueblo.
Esto fomentaba la división en la sociedad del porvenir y ahondaba la diferencia entre los privilegiados de la fortuna y los desheredados; pero, en cambio, impresionaba mucho a aquellos muchachillos de sangre azul que estaban convencidos de que hasta en el cielo hay jerarquías, y de que Dios creó con la mano derecha a los nobles y a los ricos y con la izquierda al pueblo para que sufriera y diere de comer al los demás.
Con Ricardito Baselga cambiaban de táctica los buenos padres. Pertenecía el muchacho a una ilustre familia, y podían también interesar su amor propio: pero siguiendo las instrucciones de su superior, cuando habían de reprender al niño, se limitaban a decir:
—¡Parece imposible que un santito a quien tanto quiere Dios pueda cometer semejante falta!
De este modo el muchacho se iba convenciendo de que era un elegido de Dios, un predestinado a quien asistía la divina gracia, y se entregaba a las aficiones místicas que sus maestros tenían buen cuidado en fomentar.
A la edad en que todos los niños aman la agitación y el bullicio y se entregan a los más violentos juegos, él se mostraba grave y reservado, y las horas de recreo las pasaba en un rincón del patio cuando no escapaba para entrar en la desierta capilla, donde quedaba extático ante la más bella imagen de la Virgen.
A causa de estas aficiones, mientras los otros colegiales respiraban vida y vigor, él estaba pálido, enjuto y enfermizo, hasta el punto que, algunas veces, sus maestros habían de reprenderle por la inercia en que tenía su cuerpo y le excitaban a que jugase con sus compañeros, orden que el muchacho, siempre obediente, cumplía, con forzosa pasividad.
Ricardito iba convirtiéndose poco a poco en un objeto de admiración que ostentaba con orgullo el santo establecimiento.
Los colegiales, obedeciendo a sus maestros, miraban al niño como un ser superior y privilegiado, digno de supersticioso respeto; y entre ellos se hablaba como de una cosa rara de su humildad a toda prueba, de la gran resistencia que tenía para permanecer horas enteras de rodillas en el oratorio y de la entonación dulce y conmovedora con que rezaba sus oraciones en alta voz.