No visitaba el colegio una familia distinguida sin que dejasen los jesuítas al punto de presentar como la mayor curiosidad de la casa a aquel “santito” de cara dulce y melancólica, que se presentaba con la mayor modestia, ruborizándose al más leve cumplido.
El niño era, sin saberlo, un prospecto viviente que utilizaban los jesuítas para demostrar la santa educación que se daba en aquel establecimiento, y los maestros hablaban a las madres y hermanas de los demás colegiales del santo entusiasmo de Ricardito, que en las noches más crudas de invierno le hacía saltar de la abrigada cama para arrodillarse desnudo sobre el frío suelo y rezar a la Virgen, que se le aparecía en sueños.
La fama de aquella infantil santidad atravesaba los muros del colegio para esparcirse en el gran mundo, y la baronesa de Carrillo recibía a cada instante felicitaciones por haberle Dios deparado un hermano que sería la honra de la familia y la abriría las puertas del cielo.
Esto causaba en doña Fernanda una emoción de celestial gozo, y cuando hablaba con sus amigas decía siempre con cierta satisfacción:
—Me envanezco con mi hermano como si fuese obra mía. Yo he guiado sus primeros pasos por la senda de la devoción y le he enseñado a amar a Dios. ¡Ay! ¿Qué sería de él si yo lo hubiese abandonado al cuidado de mi padre? Es el único que honrará la familia. Enriqueta es una casquivana de la que nunca conseguiré hacer una santa.
II
San Luis Gonzaga.
A los once años le fué permitido al hijo del conde Baselga leer en otros libros que en los de estudio.
Ricardito no se distinguía por su afición a la lectura. Los santos, por lo regular, prefieren la meditación a la ciencia.
En concepto del padre Claudio, convenía aficionar al niño a la lectura para que abandonase un tanto su tendencia estática, y por esto los maestros pusieron en sus manos varios libros cuidadosamente escogidos y que trataban de los santos pertenecientes a la Compañía de Jesús.