Convenía distraer al niño; pero no era menos importante aumentar sus aficiones místicas, excitándolas con la lectura de obras escritas con el estilo empalagoso y dulzón propio de las obras jesuíticas.
De todas aquellas obras la “Vida de San Luis Gonzaga” era lo que más impresión le producía.
Leía las vidas de una innumerable serie de santos, los más de la primera época del cristianismo, y aunque se conmovía considerando los horribles tormentos sufridos en las arenas del circo romano, aunque derramaba lágrimas al ver pasar ante su imaginación las ensangrentadas figuras de aquellos mártires que morían poseídos del sublime delirio de la fe, su emoción en tales instantes no podía compararase con la que experimentaba al pasar su vista por la crónica de aquel príncipe italiano que, pálido, demacrado, privándose de hasta las más insignificantes satisfacciones, y atormentado por los más mínimos escrúpulos, vivió alejado de las grandezas y esplendores entre los cuales había nacido.
Había en San Luis Gonzaga algo de sus propios sentimientos, y el pequeño Baselga, al leer su vida le parecía en ciertos instantes estar contemplando su propio rostro en un espejo.
Una simpatía inmensa, una ternura casi femenil profesaba Ricardito a aquella figura de penitente aristocrático, que atormentada por el ayuno, tenía la piel transparente y pegada al desmayado esqueleto.
Reunía San Luis muchas condiciones para ser el favorito del santito y el que éste tomara como modelo para su vida futura.
El penitente italiano procedía de una noble y encumbrada familia, y esto era algo para el joven Baselga, que muchas veces había oído expresarse a la baronesa sobre el origen casi divino de la división de clases sociales.
Había pertenecido a la Compañía de Jesús, y esto era mucho para aquel alumno de los jesuítas, convencido tenazmente de que fuera de la Orden no podía existir verdadera virtud, sabiduría, ni santidad.
Además, al carácter delicado y casi femenil de aquel niño, criado entre mujeres y poseído de una timidez ilimitada, gustábale más aquel santo que se dedicaba a martirizarse a sí mismo, y que, enamorado místicamente de la belleza de la Virgen, pasaba días enteros de hinojos ante ella, que toda la innumerable caterva de mártires de la edad heroica del cristianismo, que demostraban la verdad de su doctrina buscando que les desgarrasen los músculos o regando con su sangre las arenas del circo.
¡Qué tierna emoción le producía siempre su lectura favorita! ¡Cómo su imaginación, despertada por aquella crónica de santidad, encontraba puntos de comparación entre la vida de San Luis y la suya!