—Ya que tan dispuesto estás a hacerte simpático a los ojos de Dios renunciando a tus bienes, justo es que te capacites de la grandeza de tu sacrificio, conociendo a cuánto asciende tu fortuna.

Ricardo hizo un gesto de desprecio e indiferencia.

—No, hijo mío—continuó el padre Claudio cada vez con acento más bondadoso—. Quiero que recuentes tus riquezas, y si después de saber que por tu nacimiento eres un potentado te ratificas en tu resolución, entonces tu sacrificio será más hermoso y mi conciencia experimentará mayor tranquilidad. No quiero que el día de mañana, si esta conversación llega a traslucirse, digan los enemigos de la Compañía que yo te he engañado, abusando de la ignorancia en que estás respecto a tu posición.

El joven jesuíta intentó protestar contra tal idea, pero el padre Claudio continuó hablando:

—Poseéis tú y tu hermana, como herederos de vuestra madre, doña María Avellaneda, una fortuna que primeramente era de quince millones de francos, pero que en el transcurso del tiempo ha aumentado bastante. Tu padre, el difunto conde de Baselga, que en santa gloria esté, sólo fué despilfarrador cuando vivía tu madre, y los dos, con su lujo, imponían la moda en Madrid; pero después, su vida apartada y modesta y su carácter misantrópico le hicieron económico forzosamente, y el capital ha aumentado bajo su administración. En resumen; que la fortuna de tu casa es grande, y que, divididos a la mayor edad todos estos bienes entre tú y Enriqueta, en partes iguales, serás dueño absoluto de ocho millones de pesetas, cantidad enorme y suficiente para que se pierda un alma, y que es de todo punto incompatible con la santidad. Recuerda lo que dijo el Divino Maestro: “Más fácilmente pasará un camello por el ojo de una aguja, que un rico entrará en el cielo”.

Ricardo demostró con unas cuantas inclinaciones de cabeza lo convencido que estaba de la incompatibilidad existente entre la santidad y la riqueza.

—Yo conozco—continuó el superior—el modo cómo está colocada tu fortuna. Tu hermana la baronesa, que, como tú sabes, me honra consultándome en todos sus asuntos, me ha hecho conocer en qué consiste vuestro capital. Una gran parte de éste se halla en el Banco de Francia; otra, ha sido empleada en títulos de la Deuda española, y además, tenéis grandes posesiones en Castilla la Vieja, que el difunto conde compró cerca de su casa solariega con dinero de tu madre, y que tuvo la atención de poner a nombre de ésta. La mitad de esa gran fortuna te pertenece. Eres rico y estás a tiempo de librarte de una vida de perpetua pobreza. Si vuelves al mundo, perderás seguramente tu vida por una eternidad, pero podrás gozar con tu dinero todos los mundanales placeres inventados por el diablo. ¿Qué decides?

Y el padre Claudio esperaba, sonriente, aquella contestación que él mismo preparaba, anatematizando las riquezas.

La contestación no se hizo esperar, y Ricardo dijo con firme convicción:

—Quiero ser pobre y que mis bienes pasen a poder de los necesitados.