Permaneció algunos segundos con la cabeza sobre el pecho de su poderoso superior, que amorosamente le abrazaba y después salió de la habitación para volver a sus ocupaciones, frío e indiferente, como si nada le hubiese ocurrido. Nadie hubiera adivinado en él al que acababa de arrojar una fortuna.

El padre Claudio, al quedarse solo, frotóse las manos con expresión de gozo. Su rostro tomó un gesto grave y pensativo, y sentándose otra vez ante la mesa sacó del cajón el documente firmado por Ricardo y estuvo examinándolo largo rato.

Su pensamiento recitaba un monólogo mudo.

Todo estaba conforme, y el golpe tanto tiempo preparado acababa de darse sin fracaso alguno.

La mitad de la fortuna de Baselga, por tan diversos medios perseguida, estaba ya en poder de la Compañía.

Si aquello no era un buen golpe, que bajara Dios y lo hiciese mejor.

¡Ocho millones de francos! ¿Qué dirían en Roma cuando él enviase el documento, y tanto el general como el tesorero mayor de la Orden viesen en sus manos aquella promesa de ocho millones que ingresarían en las cajas de la Compañía al cumplirse el plazo de cinco años?

El padre Claudio, como el artista que después de concluir una obra se preocupa del efecto que causará, sólo pensaba, en lo que dirían en Roma al conocer su negocio.

Aquello era un excelente preparativo para que triunfasen sus planes ambiciosos.

Tenía en Roma un compinche de confianza encargado de acelerar la poca vida que le quedaba al general de la Orden, y a la muerte de éste pensaba en explotar el prestigio que le darían en la Compañía sus maquinaciones contra la fortuna de los Baselgas, para que lo elevasen al último y supremo cargo que le faltaba desempeñar.