Tan preocupado estaba con el efecto que en Roma podía causar la noticia de aquel feliz negocio, que en alta voz manifestaba sus pensamientos.
—¿Qué dirán en el “Gesú”? ¿Qué impresión causará en mis amigos de allá abajo este golpe de mano tan feliz? Siento una impaciencia inmensa al ver que transcurren los meses sin que nada me digan de allá. ¿Conocerá el general mis intenciones? ¿Serán ciertas mis sospechas? Tal vez este negocio lo arregle todo.
Y sumido en sus reflexiones sólo murmuró ya con voz confusa:
—¿Qué dirán allá abajo?
El padre Claudio, de pie tras el abierto balcón, miraba “allá abajo” con estúpida fijeza, como si más allá del jardín de la casa y de la monótona llanura y de los alrededores de Madrid, sobre las blancas nubes que se apretaban en la línea del horizonte, se alzase Roma con su sombrío palacio del “Gesú”, Vaticano del más terrible fanatismo, donde se asienta en trono universal el sucesor de San Ignacio, ese “Papa Negro” que no en balde se llama general, pues dirige el sombrío ejército acampado sobre toda la tierra.
El padre Claudio soñaba ocupar algún día el centro de la inmensa telaraña extendida sobre el globo y que entre sus mallas tantas conciencias tiene aprisionadas.
VIII
El gran descubrimiento en la Orden.
Las tardes en que hacía buen tiempo y el padre Claudio no tenía ningún asunto urgente de que ocuparse acostumbraba ir a pasear en el vasto jardín que tenía la casa residencia, situada en las afueras de Madrid.
En nada conocía el poderoso jesuíta que se hacía viejo como en la necesidad que sentía de ejercicios higiénicos y en su debilidad, cada vez mayor, para el trabajo.