Aquel hombre de hierro, que veinte años antes permanecía diez y ocho horas diarias escribiendo y papeleando sin experimentar cansancio alguno y que en cierta ocasión aguantó dos días, con sus noches, entregado a un trabajo urgente y sin descansar más que el tiempo necesario para alimentarse, ahora se sentía débil y no podía estar dos horas en su despacho ocupándose de los negocios sin que al punto experimentara vahidos y se sintiera invadido por un creciente desfallecimiento.
Por lo mismo que necesitaba de higiénico ejercicio, huía de los paseos públicos, donde, a causa de ser muy conocido, se veía molestado por la compañía de gentes conocidas que le asediaban a preguntas, y que sabiendo su gran influencia en Palacio, le exponían disparatados planes políticos para amordazar la “hidra revolucionaria” y salvar la religión y la monarquía amenazadas.
Prefería pasear por el jardín de la casa de la Orden con entera independencia y conversar con los novicios y los padres de poca edad. Aquel ambiente de juventud le remozaba, y, además, experimentaba gran placer sondeando sus ánimos con conversaciones, en las cuales, a pesar de su tono amistoso, no se perdía nunca el respeto profundo y adulador que las constituciones de la Orden han establecido ante las diversas jerarquías.
Pocas veces paseaba solo el poderoso jesuíta. El padre Antonio, su antiguo secretario, que estaba ya tan viejo como él, aunque más fuerte, seguía siempre sentado y papeleando en aquella gran mesa a la que parecía encadenado, y no podía acompañarle; pero en cambio, no dejaba a sol ni a sombra al padre Tomás, aquel jesuíta italiano cuya presencia en Madrid tantas sospechas había excitado en el vicario general de la Orden en España.
El padre Tomás era el “socius” del poderoso jesuíta al poco tiempo de residir en Madrid. No gustaba el padre Claudio de la compañía de aquel padre ladino y redomado a quien hacía más terrible su exterior sencillo e inocente y aquel carácter adulador hasta la bajeza, pero obedeciendo órdenes superiores, veíase forzado a conservarlo cerca de él, llevándolo a todas partes como si fuese su propia sombra, a pesar de hallarse convencido de que le espiaba.
Un mes después de la llegada del padre Tomás a Madrid, recibió el padre Claudio un despacho cifrado del general de la Orden, lacónico e imperioso, como eran siempre tales documentos.
En él se le recomendaba que espiase al padre Tomás, desterrado a Madrid por ser presunto autor de intrigas poderosas que hubieran puesto en peligro la disciplina de la Orden.
El general deseaba un espionaje hábil y disimulado, por tratarse, según decía, de un hombre muy astuto que sabía ponerse a cubierto de toda investigación, y por esto recomendaba al padre Claudio, cuyo talento le era bien conocido, que se encargase personalmente de vigilar al desterrado, para lo cual convenía que se constituyera en su eterno acompañante, haciéndole su “socius”.
El padre Claudio no cayó en el lazo, pues adivinó inmediatamente lo que tal mandato verdaderamente significaba.
El espiado iba a ser él y no el padre Tomás pues indudablemente lo que quería el general era colocar al lado del superior de la Orden en España un hombre astuto que vigilase todos sus actos.