—Es cosa que consuela y alegra el ánimo ver a esta juventud. Para ella es el mundo. Yo soy un viejo, padre Tomás, y a nada puedo aspirar, pero me cabe la satisfacción de haber trabajado para esta generación entusiasta y briosa, que tal vez acabe nuestra obra. A los veteranos les anima ver cómo acuden los reclutas a docenas para llenar los huecos que el tiempo abre en las filas.

—Efectivamente, consuela mucho este espectáculo, reverendo padre. El joven refuerzo que incesantemente recibe nuestra Compañía demuestra cuán equivocadamente anda esa impía revolución que cree destruirnos con un golpe de fuerza cada cincuenta años.

—¡Bah! La impiedad revolucionaria es fatua y presuntuosa. Nuestra Compañía es un Fénix que renace siempre sobre la hoguera de las persecuciones, y por mucho que luchen los amigos de la libertad no acabarán nunca con nosotros. Los reyes nos necesitan.

—Eso es, reverendo padre; y reyes siempre los habrá, y de aquí que la Compañía será eterna y poco a poco se hará dueña del mundo; todo para la mayor gloria de Dios.

—Cuanto más lo pienso más me convenzo de que la monarquía no puede pasarse sin nosotros. Somos el más firme apoyo de los tronos, y si nosotros dejásemos de sostenerlos, la avalancha revolucionaria los arrastraría inmediatamente. Ahí está como ejemplo el pasado siglo, ese siglo de filósofos y enciclopedistas en el cual los reyes, echándoselas de discípulos de cuatro emborronadores de papel, nos volvieron las espaldas. El diabólico Voltaire, aquel maldito burlón que en su niñez fué educado por nosotros, y que después tan poco honró a sus maestros, a fuerza de hacer contra la Compañía una infernal propaganda, consiguió que todas las naciones nos odiasen y que los monarcas nos arrojaran de su territorio. ¿Y qué ocurrió después? Ahí está la historia, que demuestra palpablemente las terribles consecuencias de la expulsión de los jesuítas. En Francia estalló la más terrible de las revoluciones y nació esa anarquía espeluznante que se llama República; la impiedad se extendió por todas partes, los pueblos se negaron a dar más dinero a la Iglesia, y merced a esos maldecidos “Derechos del Hombre”, que la Convención puso tan altos, el zapatero, por el hecho de ser hombre, se creyó igual al marqués. En España no hubo jesuítas hasta el año quince de este siglo, y ya sabéis también lo que ocurrió. Cuatro escritores y abogadillos se reunieron en Cádiz y atentaron contra los derechos del trono y del altar, formando la infausta Constitución de mil ochocientos doce, ese libraco por el cual tantas veces han ido a tiros los españoles. Hay que hablar con franqueza, padre Tomás, y decir bien alto que los pueblos son niños a los que conviene no dejar de la mano, y cuando se enfurruñan, engañarlos con unas cuantas mentiras bonitas, que les obliguen a encontrar deliciosa su falta de libertad. Esto únicamente sabe hacerlo la Compañía, y si los reyes prescinden de nosotros, ¡adiós sus coronas!

—Afortunadamente, hoy la monarquía española nos halaga y nos protege.

—Sí; no se porta mal doña Isabel segunda, pues estoy seguro de que, si en ella consistiese, nos daría a nosotros las riendas del Gobierno. Y ahora somos nosotros más necesarios que nunca, pues la revolución se muestra cada día más imponente. ¡Majaderos! ¡Creen posible exterminar nuestra Compañía! A esos republicanos que predican la extinción del jesuitismo les enseñaría yo esta juventud que viste nuestra sotana, para demostrarles que no es posible suprimirnos, y que, antes al contrario, nuestra Orden es cada vez más numerosa.

—Tenéis razón, reverendo padre. Nuestra Orden es inmortal; pero esto no evita que la revolución sea hoy temible en toda Europa. En Francia, el trono imperial de Napoleón tercero se tambalea; en Italia, el impío Víctor Manuel hace del Papa un prisionero, y aquí, en España, el levantamiento de Prim y la última jornada de junio dan a entender que existe en el pueblo una amenaza latente, que no tardará en estallar bajo más terribles formas.

—¡Bah! No ocurrirá esto mientras yo vaya a Palacio todas las mañanas y la reina me oiga. Si estalla una revolución que eche abajo el trono, será porque yo no viviré o porque el Gobierno no seguirá mis consejos.

—Sin embargo, si ocurren pronunciamientos como el del día veintidós...