—No ocurrirán, padre Tomás, mientras en la casa grande me atiendan a mí. La sublevación del otro día fué por culpa de O’Donnell, ese cazurro sanguinario que sólo sabe fusilar cuando ya ha pasado todo, y que, en cambio, nunca supo prevenir el peligro con medidas enérgicas. Ahora con Narváez ya es otra cosa, y tanto él como el señor González Brabo encuentran muy razonable todo lo que les dice el padre Claudio. Mi sistema de gobernar es siempre el mismo. Más vale prevenir que reprimir. ¿Hay síntomas revolucionarios?..., pues gente a presidio. Mientras se hagan cuerdas y más cuerdas y se envíen todas las semanas a los presidios de Africa o a las Marianas a unos cuantos centenares de esos periodistas que tanto chillan y de esos obreros ilusos, que se acuestan abrazados al trabuco, no hay cuidado que sobrevenga la revolución. En países donde la gente piensa en libertad, el palo es la única salvación, y, además, también estamos nosotros aquí, para por medio de intrigas y sobornos esparcir la discordia y el desaliento en los partidos avanzados. Si el Gobierno sigue aconsejándose de mí unos cuantos años, no sólo se salvará la monarquía, sino que morirá el régimen constitucional y doña Isabel II volverá a gozar la realeza absoluta como su padre don Fernando, a quien le fué muy bien siguiendo mis instrucciones.
—Grandes cosas puede hacer la Compañía. Hay en nosotros un espíritu que nos hace indestructibles. Sin duda, es la protección de Dios.
El padre Claudio sonrió con expresión escéptica al oír las últimas palabras.
—Es otra cosa lo que nos salva y nos hace fuertes. Dejad a Dios quieto, padre Tomás, y tened el convencimiento de que si nuestros enemigos tuviesen la misma organización que nosotros, de seguro que nos derrotarían. Organización...: ésa es la palabra; eso es lo que nos salva y nos mantendrá incólumes y fuertes a través de todas las tempestades que la revolución desate contra nosotros.
El padre Tomás no se mostraba muy convencido de lo que afirmaba su superior.
—Buena es nuestra organización, reverendo padre, pero tan excelente como la nuestra la tienen otras órdenes religiosas, y, sin embargo, no han prosperado ni llegarán nunca a la misma altura que la Compañía de Jesús. Esto demuestra que nuestra prosperidad procede de Dios, que nos proteje como objeto predilecto de su excelente cariño.
El padre Claudio sonreía escépticamente.
—¡Bah! Le repito a usted que deje quieto a Dios. No ha entendido usted lo que yo quise expresar al decir organización. Hablaré más claro. La gran fuerza de la Compañía consiste en que sabe estudiar al hombre, adivina sus facultades, y sólo lo dedica para aquello que sirve. Además, nuestra Orden tiene la gran virtud de “barrer para adentro” y admitir a cuantos se presentan de buena voluntad, segura siempre de que no hay hombre que no sirva para algo.
El padre Tomás, bien fuera por espíritu de delación o porque realmente le chocara la explicación del padre Claudio, mostrábase sorprendido.
—No había yo pensado en eso, reverendo padre.