Desde aquel día, el célebre jesuíta, más receloso que nunca, acometió la pesada tarea de vigilar a su secretario y a su “socius”.
Nunca, en su larga vida de hábil intrigante, tuvo el padre Claudio tarea tan abrumadora como la de espiar a aquellos dos hombres astutos, cuyos rostros petrificados no dejaban adivinar la menor intención.
Todas las estratagemas del viejo jesuíta se estrellaban en aquel exterior, siempre frío e indiferente, a través del cual sólo un hombre como el padre Claudio podía adivinar ocultas inteligencias y terribles planes.
Aquel blindaje de hielo en que se envolvían el “socius” y el secretario exasperaba al padre Claudio, que llegó a perder la calma terrible, que antes era el principal motivo de todos sus triunfos.
Transcurrían los días sin que apenas saliese de su despacho por miedo a que el italiano quedase solo con el secretario, y si por algún asunto político de importancia era llamado a Palacio, procuraba abreviar la conferencia y volvía apresuradamente a su casa.
En una de estas breves excursiones, el padre Claudio, que obraba ya como el más vil espía, volvió a su casa a pie para que el padre Antonio no se apercibiese de su llegada por el ruido del carruaje, y andando de puntillas se acercó al despacho.
El “socius” estaba allí como siempre y hablaba en voz muy baja con el secretario.
Debían de tener muy finos los oídos aquellos dos sujetos, pues callaron apercibiéndose de que alguien se acercaba, pero el padre Claudio aún pudo oír estas palabras de su secretario:
—Inútil es que lo repita. Ya sabe usted que yo sólo obedezco al general, que es para mí la única autoridad de la Compañía.
Aquello demostraba al padre Claudio que estaba vendido, y que su secretario, aquel protegido que tanto agradecimiento le debía, haríale traición así que se le antojase al general.