Entró en el despacho el padre Claudio y encontró a los dos jesuítas con su eterno gesto de seres automáticos y sin voluntad. No cuidó en esta ocasión de ocultar sus pensamientos el padre Claudio; miró con ira a los dos compinches, y después instintivamente fijó sus ojos en las estanterías cargadas de carpetas.
Otro hombre hubiera encontrado aquel archivo enteramente igual a como lo había dejado, pero él, con su mirada experta, adivinó que durante su ausencia se había verificado un registro en aquellos papeles.
Aquel día fué, para el padre Claudio, el más cruel que tuvo en su existencia.
Cuando más exasperado estaba por la calma de aquellos dos miserables que, después de revolverle el archivo y conspirar indudablemente contra él, se estaban allí inmóviles y abstraídos como santos en oración; cuando se sentía con deseos de lanzarse sobre ellos para estrangularlos y lamentaba interiormente el ser tan viejo y no encontrarse, como en otros tiempos, capaz de dar de puñaladas a un enemigo, entró en el despacho un criado de confianza, que se limitó a hacer un signo misterioso, saliendo inmediatamente.
El padre Claudio le siguió, y en un pequeño gabinete, donde recibía a los visitantes en secreto, entrególe el criado una carta con sello de Italia, y que iba dirigida a un nombre desconocido.
Aparte del correo normal para todos los asuntos de la Compañía, el padre Claudio tenía en Madrid a un infeliz que protegía y a cuyo nombre iban dirigidas todas aquellas cartas que, por tratar de asuntos particulares, convenía al jesuíta que fuesen directamente a sus manos. Una crucecita trazada en un ángulo del sobre daba a entender a aquel pobre diablo que la carta era para su poderoso protector.
—Acaban de traerla ahora mismo, reverendo padre—dijo el criado—. El protegido de usted quería entrar, como otras veces, a depositarla en sus propias manos, pero he logrado que se fuera diciéndole que vuestra reverencia estaba muy ocupado.
Cuando el padre Claudio quedó solo en el gabinete, procedió a rasgar el sobre, sin poder dominar su creciente agitación.
Por fin, tenía noticias de Roma, y podría saber cómo iban sus asuntos en el “Gesú”, la residencia del poderoso general.
La carta constaba de tres pliegos, cubiertos de renglones apretados, de una letra pequeña y compacta.